sábado, 25 de febrero de 2012

Mantente firme


Mantente firme. Esas fueron sus últimas palabras. Hubieran podido haber sido, levántate, sigue, o el típico sé fuerte, pero no, tuvo que utilizar esas dos malditas perfectas palabras apropósito, para darle ese toque melancólico ideal, para convertirlas en el, ya común, estúpido final en el que acaban las historias que fueron más estúpidas aun.
¿Qué coño se le responde a un “Mantente firme”? Nada, evidentemente. No se le puede responder absolutamente nada. Y eso es lo peor. Sentirte con la obligación de mantener esa firmeza que, por supuesto, no sabes de dónde sacar. Pero claro, ¿quién es el valiente que desobedece tales palabras?
Eso debería ser ilegal, de verdad. Debería estar prohibido para toda la eternidad, porque se supone que habrá momentos en dónde esa frase pueda estar presente en cualquier época histórica. Prohibirlo es la mejor alternativa que existe.
Mantente firme, como si eso fuera tan fácil. Ahora tengo el examen más importante de mi vida, voy a mantenerme firme. Ahora tengo que llorar la muerte de mi padre, me mantendré firme. ¿Qué te destrozan el corazón? ¡A mantenerte firme y ni una palabra más! Patético señores, muy pero que muy patético.
Yo jamás he sabido mantener firmeza, ni tan siquiera me mantengo firme a los 21 años con el Rey León.
¿ Sabéis? No puedes pretender soltar una frase de ese calibre y que la otra persona la cumpla sin más. No señores, eso no funciona así, nunca funcionó de ese modo.
A veces es mejor desvanecerse, llorar y llorar durante horas, días, hasta llorar durante años. Sacarlo de adentro y que se quede afuera, que el viento seque tus lágrimas y se lleve toda esa mierda que sacaste porque te oprimía eso que está dentro del tórax, el innombrable.
Si tengo que ser sincera, yo no hago ni una cosa ni la otra. No me mantengo firme porque soy incapaz de permanecer de pie cuando todo mi interior está por el suelo. Y, contrariamente, tampoco saco mis sentimientos al exterior, los guardo para mí, lo bueno y lo malo, todo dentro. Hasta que no cabe nada más y sale todo a presión. Como las ollas esas que todas las madres ansían tener, ¿ entendéis? Eso es lo que soy, una puta olla a presión. Hay que joderse.
Es malo, muy malo, tan malo que ni siquiera sabes que es malo. Aunque siempre hay alguien que te lo recuerda, ese alguien que aparece en el momento crucial en que la olla pasa de ser a presión a expulsar todo su contenido al exterior y dejar su alrededor echo un cromo. Ese alguien que te abraza como si eso fuera lo más normal del mundo y no te deja de abrazar como si eso también fuera normal, como si necesitaras ese abrazo, como si necesitaras vaciar tus adentros, como si le necesitaras. Maldita sea.
Pero créanme, le necesitáis.



Margalida Garí Font,
Déjate llevar a ver las estrellas y pierde el miedo de verlas. 

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