Jazz, jazz, jazz, caos
insoportable. La vida poética del romanticismo caro en un vaso desangrado de
alcohol se sobrepone al murmuro sospechoso de un grito sin grito. Las pequeñas
sensaciones de la suite treinta y seis quedan cubiertas por la embriaguez de un
borracho sin bolsillos sacado de los pantalones de un Hollywood anoréxico.
Jazz, jazz, jazz, eterna sabiduría traicionera. La avispa mortal, la mentira,
la cosmogonía de los antiguos dioses, la ciencia supersticiosa actual, la vida
y la muerte. Una princesa con cabeza de serpiente y corazón de león solitario. La
pregunta histórica, la pérdida del ritmo, una improvisación que no puedo
recordar, la cara de papel azul, o casi azul, del océano pacífico. El amor, ¿el
amor? De los muertos que se agarran a una Vie
en rose desgarrada de arcoíris y de escala de grises. Jazz, jazz, jazz,
acuérdate de mí cuando te conviertas en el ladrón de los sótanos de los
prohibidos e ilegales soñadores. Acuérdate de mí, jazz, que yo te presencio en
el fondo del vaso y no libero mi lengua de tu amargor dulce. Los anónimos callejones
de un poeta arruinado, sin hogar, sin altares y sin poesía. Jazz, tú eres
poesía. Dunas del desierto saharaui que emigran de horizonte en verticales para
recuperar su literatura, ¿perdida?, ¿robada?, ¿asesinada? Quizás, y quizás eso
era poesía y no tú, jazz, tú no. Tú eras poesía, pero perdiste los poemas y te
quedaste en música ¿poética? No hay convencimiento, no hay absoluto, no hay
espejos en el fondo del vaso, hay cristal doliente con olor a putrefacto, hay
desamor y traición. Hay, querido jazz, más caos que huele a mentira, huele
apestosamente a mentira humana. Jazz, jazz, jazz, no agonices en los burdeles,
tú nunca fuiste una prostituta de alquiler, ¡qué se prostituyan los poetas, no
los poemas! Cisne rojo y negro, canción ¿de qué? De la nada, de la estúpida
nada. Abismo inquebrantable que se olvidó del Sol y amó cómo jamás nadie había
amado a una estrella, ni tan siquiera la astrología amó de ese modo al cosmos. Le Petite Prince francés, las canas de
Sócrates y el coraje de un Borges. Perdí, jazz, perdí musicalidad y pagaré por
ello el precio de un solo de saxofonista burgués. Teniendo en consideración la
melodía del saxo callejero de la suite treinta y seis me atrevo a afirmar que nunca
nada me había salido tan barato. La suerte del principiante o, como a mí me
gusta decir, la astucia de un bufón negro. Sí, jazz, negro. El blanco pierde
densidad artística, aunque no me reniego a la negociación de tales conjeturas,
por el momento está fuera del campo de juego. El ajedrez al revés, dicen los
pobres campesinos. El opium de un
beso sin amor pero con espinas. Cuxi,
cucuxá, xáxá. Jazz, jazz, jazz, somnífero de los perdidos, enfermedad cardiovascular
con sangre azul. No, jazz, no es sangre de la realeza, es azul, la realeza la
conserva negra pero la tiñe de azul para la confusión mercantil, como sostienen
los poetas. Las prostitutas, jazz, las mismas. Je veux, je veux, je veux…y esta noche tengo la temible
superstición de que uno de los dos morirá. Un duelo a muerte jazz, como los
antiguos poetas, como el saxo que pagué a precio de regalo, como un sinfín de
amor, pero con fin. A muerte, jazz, porque no hay vida sin morir un poco,
porque hay que vivir para empezar a morir. El honor es mío por rivalizar al
poema, y no al poeta, en un campo homérico. Jazz, esta noche, uno de los dos
morirá y tengo la extraña certeza de que yo ya estoy muerto. Jazz, jazz, jazz.
Margalida Garí Font
2 comentarios:
Molt bones paraules.
Molt bona entra d´any.
Salutacions.
Merci! :D
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