domingo, 2 de noviembre de 2014

Los corrientes

Erróneamente pensamos que las grandes historias son las que se merecen el primer puesto en nuestra lista de prioridades. Las que hay que leer o escuchar primero.  De las pequeñas historias uno sabe bien poco, “dicen por allí”, “eso a mí también me ha pasado”, “es normal, cálmate”, “no me escuchas, solo mantienes la mirada”, ¿y tú que sabrás de amor, de amistad, de trabajo, de la vida?”…
El cubo de ropa sucia está lleno de pequeñas historias que nadie quiere escuchar y que deben ser escuchadas. Sólo hay un Leonardo cada mucho tiempo, personas corrientes, en cambio, nacen todos los días. El sentido de la existencia, de la vida o de lo que uno quiera llamarlo, difiere dependiendo del individuo. Para Leonardo la respuesta estaba en el arte pero tampoco la encontró, para Pitágoras estaba en el número, Homero buscó en la poesía y Napoleón hasta miró en las “Indias”. Pero, ¿y para un carpintero, una prostituta, un campesino, un abogado, un enfermero, un “nini”, mis padres, mi vecina, o un lagarto?
Esas son las pequeñas historias, las que también hay que explicar y a los “corrientes” es a quién dedico mi literatura, si se le puede llamar así. Porque ellos importan, nos definen y, sobretodo, ansían escucharse.
Yo soy una “corriente” y aunque gozo con las grandes obras también me siento atraída por las menos gigantes, las cotidianas, las perdidas…las olvidadas.
Mis abuelos, los cuatro que tengo la suerte de seguir conservando, tienen chispas en los ojos cuando me cuentan sus hazañas de juventud, sus milis, sus adolescencias de fiesta, y la de mucho trabajo bajo al sol, sus primeros amores, sus últimos, sus bicicletas, sus vestimentas del domingo, y la del lunes, sus pinta labios rojo que había que borrar antes de que la madre les viese, sus penúltimos puros, sus lunas de miel y sus corazones blanditos. Lo guapos que eran (y que para mi siguen siendo), sus cotilleos, sus fugas de casa, sus vueltas antes de las 20h, sus refugas a las 21h, sus primeros coñac, sus primeros besos, sus carta de amor, y desamor, sus entonces, sus tiempos, sus vidas, sus Da Vinci diarios.
Esas son las historias que, desde mi punto de vista, hay que explicar, las que no hay que dejar envejecer ni morir. Deben ser escritas, junto con las nuestras y las de la prostituta, mi vecina y mis padres. Todas, absolutamente todas, deben escribirse. Y escucharse, y reescribirse, y reescucharse. 
Ese es, lo que para mi, es el sentido de la vida, explicar, grabar, leer y sentir quienes fuimos y somos. Porque todos somos diferentes pero, todos, también, somos iguales. Tenemos los mismos cuentos, sentimos el mismo amor, el desamor, el engaño, la amistad, la traición, el logro, la realización, el fracaso, las metas, la ilusión, la madurez, la vejez y hasta la muerte.
Y yo no puedo pasar por este mundo sin dejar grabado un pedacito de nuestra historia. Me leas o no, a ti también ya te estoy escribiendo y tú ya eres memoria. La nuestra, la diminuta y la que importa.





Margalida Garí Font,

Hagamos de lo corriente lo asombroso.

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