Erróneamente pensamos que las grandes historias son
las que se merecen el primer puesto en nuestra lista de prioridades. Las que
hay que leer o escuchar primero. De las
pequeñas historias uno sabe bien poco, “dicen por allí”, “eso a mí también me
ha pasado”, “es normal, cálmate”, “no me escuchas, solo mantienes la mirada”,
¿y tú que sabrás de amor, de amistad, de trabajo, de la vida?”…
El cubo de ropa sucia está lleno de pequeñas
historias que nadie quiere escuchar y que deben ser escuchadas. Sólo hay un
Leonardo cada mucho tiempo, personas corrientes, en cambio, nacen todos los días.
El sentido de la existencia, de la vida o de lo que uno quiera llamarlo,
difiere dependiendo del individuo. Para Leonardo la respuesta estaba en el arte
pero tampoco la encontró, para Pitágoras estaba en el número, Homero buscó en
la poesía y Napoleón hasta miró en las “Indias”. Pero, ¿y para un carpintero,
una prostituta, un campesino, un abogado, un enfermero, un “nini”, mis padres,
mi vecina, o un lagarto?
Esas son las pequeñas historias, las que también
hay que explicar y a los “corrientes” es a quién dedico mi literatura, si se le
puede llamar así. Porque ellos importan, nos definen y, sobretodo, ansían escucharse.
Yo soy una “corriente” y aunque gozo con las
grandes obras también me siento atraída por las menos gigantes, las cotidianas,
las perdidas…las olvidadas.
Mis abuelos, los cuatro que tengo la suerte de
seguir conservando, tienen chispas en los ojos cuando me cuentan sus hazañas de
juventud, sus milis, sus adolescencias de fiesta, y la de mucho trabajo bajo al
sol, sus primeros amores, sus últimos, sus bicicletas, sus vestimentas del
domingo, y la del lunes, sus pinta labios rojo que había que borrar antes de
que la madre les viese, sus penúltimos puros, sus lunas de miel y sus corazones
blanditos. Lo guapos que eran (y que para mi siguen siendo), sus cotilleos, sus
fugas de casa, sus vueltas antes de las 20h, sus refugas a las 21h, sus primeros coñac, sus primeros besos, sus
carta de amor, y desamor, sus entonces, sus tiempos, sus vidas, sus Da Vinci
diarios.
Esas son las historias que, desde mi punto de
vista, hay que explicar, las que no hay que dejar envejecer ni morir. Deben ser
escritas, junto con las nuestras y las de la prostituta, mi vecina y mis
padres. Todas, absolutamente todas, deben escribirse. Y escucharse, y
reescribirse, y reescucharse.
Ese es, lo que para mi, es el sentido de la vida,
explicar, grabar, leer y sentir quienes fuimos y somos. Porque todos somos
diferentes pero, todos, también, somos iguales. Tenemos los mismos cuentos,
sentimos el mismo amor, el desamor, el engaño, la amistad, la traición, el
logro, la realización, el fracaso, las metas, la ilusión, la madurez, la vejez
y hasta la muerte.
Y yo no puedo pasar por este mundo sin dejar
grabado un pedacito de nuestra historia. Me leas o no, a ti también ya te estoy
escribiendo y tú ya eres memoria. La nuestra, la diminuta y la que importa.
Margalida Garí Font,
Hagamos de lo corriente lo asombroso.
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