Es de obligado
cumplimiento que se apaguen las alarmas y que sea el corazón que se despierte
despojado de sabanas reñidas y ladrillos forjados. Como cuando alguien va al
parque y espera ver El lago de los cisnes
pero en lugar de eso se encuentra un agujero enorme completamente vacío de agua
y de cisnes y decide que hubiera sido mejor haber hecho realidad el sueño que
tenía de niño de ser astronauta y montarse una chabola en la luna.
Es absolutamente necesario
viajar al fondo del vaso pedir al camarero que, además, añada hielo, y salir del
hueco silbando una canción. Es absolutamente necesario salir silbando la
canción pensando tener la mejor voz del mundo.
Es condición
indispensable para vivir no olvidar que existe la muerte y que, hay que
exprimir antes todas las naranjas del jardín, y las del jardín vecino, y las
naranjas de los demás países. Y que después hay que empezar a exprimir limones.
Que ir a ver a la muerte sin haber exprimido todo el jugo de la vida, por miedo
y no por ley, es como ir a ver a la muerte estando ya más que podrido.
Es preciso subir a
todos los picos de las montañas que uno pueda para contemplar y sentir la
belleza y la libertad que ofrece la naturaleza. También es preciso saber bajar
y compartir una bonita conversación en la cafetería más abarrotada del centro
de la ciudad sin la necesidad de mirar la pantalla de un teléfono móvil. Más
preciso es olvidar el teléfono móvil durante un día, dos, una semana, un mes…e
ir a bucear al mar para creer estar en otro mundo, en otro reino, en paz.
Es forzoso amueblar la
mente y la ilusión, tanto la de los niños como la de los adultos, con un sinfín
de dosis altas de locura, de no querer dejar de ser ni el Ratoncito Pérez ni el
Capitán Pescanova. De dejar de sincronizar neuronas para resolver una ecuación
matemática y sincronizarlas para leer los mensajes grabados de las cuevas no
visitadas de Altamira mientras se enfría el café que olvidamos en la cocina.
Y, sin duda alguna, es
irreemplazable el sabor del chocolate, las endorfinas del deporte en un día de
estrés, Mafalda y Tina Turner, correr a todo pulmón por la playa al tiempo que
alzan el vuelo las gavinas de la orilla, sentarse bajo la lluvia con las piernas
cruzadas y la capucha escondida, tumbarse en el barro y añadirle purpurina,
vestirse con una prenda de cada color y sentir que un semáforo va mejor
combinado, aspirar todo el aire que se pueda, convertirlo en dolor y espirarlo
despacio pero con fuerza para que nunca vuelva y crezcan amapolas rojas con
sabor de amor.
Sin embargo, lo que es
más irreemplazable del todo, es la capacidad de volar. Si uno pierde la
capacidad de volar se pasa los días a ras de suelo, tan a ras de suelo que,
cuando se descuida, ha olvidado hasta el color de la vida.
Margalida

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