Aprendí que a las palabras no hay que forzarlas, hay
que escribirlas. Narrar implica tiempo.
Tiempo
para dejar que fluyan, para reordenar los verbos, eliminar los gritos, poner en
negrita todos los derechos de página y hacer callar viejos imperativos.
Escribir
desde el respeto pero sin dejar leer olvido.
Enfermera,
que bonita palabra eres.
Y
que poco valorada estás.
Hace
unos días que intento darle letras a este escrito, pero como profesional y, sobre
todo, como persona, a veces me cuesta perdonar.
Soy incapaz de
perdonar a la osadía, a la injusticia y a la arrogancia. Encontrar palabras
bellas para enmudecer a las malas lenguas.
A veces,
perdonar no tiene fonética y hay que volver a empezar, ser profesional y sumar
lo que otros siempre restan.
Pero hoy soy
todas y cada una de las lágrimas enfermeras que un ayer callaron y ahora
quieren hablar.
Hablemos.
Me lo he
planteado infinitas veces y aun no lo entiendo. Parece fácil y, sin embargo, se
vuelve laberinto por la noche.
Tenemos la profesión
más bonita del mundo, cuidamos de personas. Es nuestro defecto de fábrica y, ¡qué
preciosa tara!
Entonces, ¿por
qué?
Trabajamos en equipos
multidisciplinares, muchos de ellos nos abren en canal de una forma tan precisa
y minuciosa que Einstein se quitaría el sombrero.
En un
quirófano se ven perfecciones equivalentes a la raíz cuadrada más exquisita.
En urgencias se
pasa de la vida a la muerte en forma de suspiro y, a veces, hasta volvemos a
respirar.
En los Centros
de Salud se ha llegado a un grado de excelencia tal que permite prevenir el más
cruel de los infartos.
Ayudamos
a dar vida a bebés que solo tienen siete meses pero queremos que lleguen a los
cien años.
La psiquiatría ya no es sinónimo de satanás y las
personas nunca dejan de ser personas a pesar de las múltiples etiquetas que aún
perduran.
Paliativos
nos ha enseñado que a la muerte no hay que temerla, hay que decirle “vete”
algunas veces y, “aquí te espero”, en otras.
Siempre
con amor.
Morir
con amor es un vivir para siempre.
Sin
embargo, sigo sin entenderlo.
Trabajamos
con personas, reímos con personas, lloramos con personas, nos enfadamos con
personas, jugamos con personas, soñamos con personas, nos empapamos de
personas.
¿Por
qué sigue habiendo tantos enfermeros y enfermeras, médicos y médicas, psicólogos
y psicólogas…qué se olvidaron de la palabra empatía?
Nuestra
profesión lleva la vida implícita.
Cuando
alguien abre en canal, abre a una PERSONA.
Lo
siento cirujanos y cirujanas, traumatólogos y traumatólogas, neurólogos y neurólogas,
no es una mesa de carpintero.
Cuando
alguien inyecta un fármaco, realiza una cura, una técnica invasiva, una
explicación del por qué fumar mata, lo hace dirigiéndose a PERSONAS.
Lo
siento enfermeros y enfermeras, no son almohadas para soñar.
Antes,
hace tiempo (demasiado), pensaba que las palabras empatía, humildad, humanidad
estaban implícitas en todas las profesiones que trabajan con personas, pero al
largo de mi carrera y de mi vida laboral me he dado cuenta de lo lejos que están
esas palabras de algunas bocas.
Es
triste, tan triste como que aun hoy la gente muera de hambre.
Pero
claro, después analizo bien la situación y pienso, cómo se va a acabar la
pobreza si ni siquiera se opera a una barriga con amor. Y, en el caso de que sí
se opere con amor cuando la PERSONA despierta ese amor ya ha expirado.
El
silencio de una lágrima enfermera son todos esos abrazos que deberían recibir
las PERSONAS que trabajan con PERSONAS, para recordarles la lección número uno
de nuestra profesión: que jamás se nos apague la llama.
Porque
el día que dejemos de emocionarnos deberemos plantearnos dedicarnos a otra profesión
porque en ÉSTA, la emoción es el primer y el último capítulo.
Ya que quizás, algún día seremos nosotros quienes
estemos sobre una mesa quirúrgica y ya me contareis que hace más falta, si la
sutura más disimulada del año o el amor más perdido del mes.
Margalida Garí Font
CUIDAR también es CURAR.

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