Tú,
que sueñas con tatuar de tinta literaria
humildes librerías pintorescas.
Tú,
que cambias el color del rímel para no dejar
de ver jamás la Primavera.
Tú,
que te sigues mintiendo cuando dices que el
Amor está sobrevalorado.
Tú,
que no distingues la verdad más allá de dos
poemas.
Tú,
que pasas noches infinitas en formato de
ojeras para ver dormir a tus hijos.
Tú,
que llegas tarde a fin de mes y, sin embargo,
pierdes el taxi.
Tú,
y ese precioso vestido de gala que lleva tu
sonrisa.
Tú,
descontando las horas al reloj para saldar
las deudas con el tiempo.
Tú,
viajando a besos, amando a besos y viviendo a
besos.
Tú,
y tu celulitis de mariposa cosiendo las
cicatrices de tu piel.
Tú,
y tus arrugas más profundas demostrándonos
que en la vida una va pisando fuerte.
Tú,
con o sin tacones, con o sin sostén de
damisela, con o sin las manchas de un ayer.
Tú,
que en vez de presumir de perfume decides
envolverte el cuerpo de flores y ahora tienes por nombre a la estación del amor.
Tú,
que no te atreves a ir en tren por si te pierdes
el último tango de tus pasos.
Tú,
que olvidas constantemente llevar pendientes
pero en tus ojos una podría guardarse el mar.
Tú,
que sigues asegurando odiar las despedidas en
cualquiera de sus formatos y decides nunca irte aunque te vayas.
Tú,
diciendo que tu mejor joya es la de ser mujer
y enmudecer a todos los silencios por Real Decreto y Derecho de Ley.
Tú,
que es imposible dejar que las palabras te
(d)escriban porque no hay literatura capaz de adornar lo que, ya de por sí,
reluce.
Tú,
incapaz de ser la marca de ropa que usas
sigues siendo fiel a los lunares de tu piel.
Tú,
habiendo sido callada a golpes y violada a
gritos, porque es la única forma que tienen algunos imbéciles de escribir un pésimo
poema, sigues siendo preciosa poesía.
Tú,
que no eres tan solo un día ocho de marzo
porque enamoraste a todos los días de todos los años y sigues diciendo que tu
único amor se llama “yo misma”.
Tú,
que has coleccionado a tantas heridas que
ahora ya solo quieres devolverles la voz y hacer que jamás se callen.
Tú,
que sigues mirándote al espejo sin saber qué
pintalabios le favorece más a tus labios y olvidas que el mejor vestido de tu
boca es todo lo que aún tienes por decir.
Foto: Mama y Madrina, mis dos mujeres por excelencia.
Margalida Garí Font

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