A veces tiemblo.
Hay demasiada sangre derramada
en una guerra cuando pienso que no debería existir ni la primera gota.
El consumo material que nos consumirá
el planeta, el alma y la razón.
Personas a la deriva con
todas las fronteras cerradas.
Tierra no firme, persona
denegada, libertad no liberada.
Políticos que hablan,
cuchichean, gritan, apuntan con su dedo como si ese fuera un arma de
destrucción masiva. Y lo es. El dedo de la indiferencia.
Enfermedades olvidadas,
jamás subvencionadas. No existen aquí, da igual si existen allí.
Océanos de plástico. El agua
traga, sus animales callan.
Si no se ven, no existen.
Costas en forma de hotel,
playas en forma de personas.
Personas con billetes de quinientos
envueltos en arena dentro de sus bolsillos.
Niños y niñas que mueren de
hambre. Sí, aun hoy. Sí, ahora.
Mujeres maltratadas,
explotadas, vendidas, violadas, empequeñecidas, olvidadas.
Niños que tienen armas en contra
de su voluntad. Obligados a matar en nombre de nadie.
Agua, no para todos.
Casa, no para todos.
Derechos, de nada.
Grandes industrias de ropa
que substituyan a los grandes armarios de ropa que ya no queremos.
Mataderos XL porque alguien
decidió que la vida y la muerte de cualquier ser vivo depende del márquetin de
nuestras manos.
Vidas animales que existen en
número cero.
Colmillos de elefante con
sangre de marfil, zapatos de serpiente, hamburguesas de sueños. Todo multiplicado
por infinito.
Deforestación del planeta.
Somos dueños y dueñas de la
Tierra.
Y aunque la indiferencia no
tiene nombres absolutos, a veces, tiemblo.
Porque temblar me mantiene
viva, alerta, en guardia.
Con el lápiz cargado de
tiza, con la defensa al punto de amor.
Margalida Garí Font

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