domingo, 26 de enero de 2014

Sí i no

que ens sentim petits, no invisibles,
que perdem el Nord, no les passes,
que reivindiquem quelcom incert, no innecessari,
que bussejem dins copes de champagne d’imitació francesa, no dins copes de vi rosat picat,
que ens pensem ser la personificació heroica d’Itaca, no herois,
que tinguem besades d’amor, no que tinguem l’amor,
que els dits escriuen grans relats, no els únics, ni els primers,
que el mar és un bressol ple d’escuma, no que sempre ens faci abaixar el plor,
que el viatge sigui per senders indescriptibles, d’altres una mica abruptes, no que tot siguin camins,
que el somni vengui a substituir la vigília, no la temor a les hores fosques,
que l’ànima s’enamori d’allò material, no que tinguem ànima; i menys, matèria,
 que els teus ulls abastin llibres sencers, no que els transformin amb tanta freqüència en visualització cineasta,
 que el temps no recordi quina hora és, no que no tinguem temps, ni espai. Perdríem  el Ser,
 que les taronges pareixin pomes, no que ho siguin,
 que la saviesa ens impregni la ment, no que siguem savis,
 que les melodies uneixin fronteres, no que les disgreguin les ideologies musicals,
 que el sol desperti a la lluna, no que li produeixi insomni,
 que les paraules, a vegades, es presentin pobres, no que no es presentin,
 que el cor ens expliqui el preu d’un batec, no a la certesa de que això ens etiqueti amb el nom de “rics”,
 que la incertesa ens causi respecte, no que ens causi por,
 que la vida i la mort siguin quatre lletres i un mateix concepte, no que siguin rivals eterns,
 que els ulls siguin un mirall del sentits i el pensament, no que siguin un obstacle,
 que les espurnes il·luminin els més obscurs recons, no que ens cremin la visió,
Sí que l’oratge ens mostri el fred, no que ens el causi,
 que ni una frase, ni un vers, ni un poema, ens pugui revelar el secret de la nostra existència, no que no es postuli la possibilitat d’aquest secret,
 que ens estimem, no que creiem dependència,
I ara, per acabar com els cargols, a l’inversa,

No que les pintures posseeixin colors però que ens convidin a veure aquest quadre.




Margaliga Garí Font, 
Art, Literatura i pensament, això és l'humà

martes, 14 de enero de 2014

Esperanza

No, jamás he presumido de ser escueta en mis preferencias, ni siquiera podría permitirme semejante lujo, pero, y a raíz de múltiples lecturas de gran diversidades temáticas, me veo con la obligación de renunciar, con crítica intelectual evidentemente, a una concepción de la realidad como algo verdadero.
            Quizás, y eso es certeza, el origen de mis sospechas tuvo lugar, ya por aquel tiempo de gran viscosidad, cuando, entre tantos otros textos, cayó en mis manos una especie de relato ficticio según el autor, de «fíctiacidad» discutible según una servidora, que versaba sobre la realidad percibida por los sentidos, exponiendo, de una manera demasiado poética, dicho sea de paso, que las percepciones individuales son directamente proporcionales al estado emocional de dicho individuo. Es decir, las vivencias de cada uno influyen notoriamente al modo de sentir y enfocar distintas situaciones. Siendo también de gran interés puntualizar, ya como fin del poema, que la soledad es la gran distorsionadora, término discutible por otro lado, de los sentidos.
            Un pensar de ese calibre se encontraba en mis manos justo en el momento del descanso intelectual, entre la manzana de la media mañana (que conste que no es casual que sea una manzana, y no un pomelo, lo que me disponía a devorar a modo de provocación  y teológica) y el té hindú del después. Fue entonces, y no antes, cuando me percaté de la parte sarcástica del mensaje; no es que, en realidad, la mente o, si así lo prefiere el lector, el pensamiento humano, sea esclavo del propio individuo de modo que esté sometido, imperturbablemente, al sentir de éste, sino que, y esa es la mejor parte del lenguaje subliminar, el individuo es, indudablemente, el esclavo de su propia mente, de allí que cuando ésta decide imponerse a la razón general se vea desplazado en forma de espiral hacia el lugar dónde, la misma razón, decida. Una jugada brillante, de eso no cabe la menor duda.
            Aún así, es fácilmente criticable el hecho de que dentro de tanto tecnicismo, no se dice, en verdad, nada nuevo. Cierto porque, no es esa, sino otra muy distinta, la intención.  
            Las personas presumimos, al más puro estilo griego, de ser seres sociables. Tal argumento ha sido duramente criticado y puesto en duda por múltiples pensadores pero ni uno solo ha sido capaz de demostrar, ya  desde la primera tesis platónica, su falsedad. Y, de hecho, todo aquel que lo ha intentado, ha terminado por aceptar su fracaso. Inminente, por cierto.
Todos esos pensamientos iban persiguiéndome como el león a la gacela, cuando me surgió una duda de lo más molesta, ¿Es el humano un Ser social porqué quiere el reconocimiento, sea del tipo que sea, de la misma multitud? ¿Fama? ¿O, y esa, es mi propia versión poética (que le vamos a hacer, una es hija de un contexto), anhela, ya como un suspiro utópico, algo así como un encuentro amoroso? Entiéndase amor como cualquier relación efectiva entre dos personas, ya sea parental como de pareja.
Analizando minuciosamente estos aspectos me di cuenta de la imposibilidad de responder a dicho acertijo, no por falta de experimentación y de estadística, sino más bien, por contradicción del pensamiento. Es decir, y vayamos poniéndonos claros, que está la «espesividad» ya suficientemente presente en nuestro orden del día político, existe una masa tan extensa de diferentes modos de pensar y sentir como respuestas hay sobre el humano como ser social. Cierto es, y de eso no cabe duda, que algunas reacciones a estímulos puntuales siguen un cierto patrón en, prácticamente todos, los individuos, independientemente de etnias, épocas históricas o creencias, del mismo modo, se ven alteraciones semejantes en individuos que se encuentran en contextos parecidos, aún no estando, en la misma zona o momento. Pero, ¿se atrevería a afirmar el lector que es esto una verdad matemática, algo que es incapaz de suceder de distinto modo?


Tiendo a pensar, y eso es algo que viene en mi desde hace un tiempo largo, que las pasiones, contrariamente de lo que pensaba Platón, sí son el arma letal del pensar humano y que la razón, sintiéndolo mucho, es prisionera, cómo también lo es el cuerpo, de semejantes pasiones. No quiero decir con ello que la razón no tenga ni voz ni voto en este duelo, de titanes hay que decirlo, ya que muchas de las veces será ella quién guiará nuestros impulsos. De allí los deberes que tan familiarmente se encuentran en nosotros y que, como todos sabemos, no son la mayor devoción de nuestras pasiones, precisamente.
Aristóteles lo entendió muy bien y aún no se lo hemos perdonado. Las grandes sabidurías (también lo fue Platón, y Marx y Kant, por supuesto, entre tantos otros, y no tantos, hay que advertirlo, ya que también se tiende a la generalización intelectual, cuando muchas veces es, simplemente, intelectualidad fortuita) se suspenden en el rechazo de una gran diversidad de envidias satíricas. El genio humano no tiene cabida en un rebaño de ovejas, y así es como se lo hacemos saber constantemente. No es para nada casual la supresión actual de la Filosofía en la Educación de España, por ejemplo.
¡Hay Señor, si los sabios, y después los filósofos, pudieran manifestarse! ¡No habría palabras para tantas tesis ni Repúblicas que escribir! El intelecto yacería, ya desde gran tiempo atrás, completamente calvo y  las antiguas cabelleras pobladas tendrían su propio círculo en el infierno de Dante…
El pesimismo humano invade mis pensamientos casi sin yo darle permiso, no por no creer en la bondad misma sino por no ser capaz de defenderla a grande escala, ya solo en pequeños ámbitos olvidados que a nadie parecen importar.  Y aún así, casi agonizantemente, en el punto muerto entre la desesperanza y la resignación, una luz se abre paso entre tanta niebla, y no alcanzo a vislumbrar que es, ni siquiera sé si es luz, y no oscuridad, lo que ven mis ojos, tampoco sé si son mis ojos los que ven o mi gran ansiedad de querer ver aun a costa de la vista. Pero, al parecer, algo se haya allí a lo lejos como una luciérnaga herida, tendiéndome el único tesoro, que aún queda en la caja de Pandora, la, tan hablada,


              Esperanza.  





Margalida Garí Font

viernes, 3 de enero de 2014

Dos caras y una moneda

Está historia, que no es historia pero está escrita, destaca por la ausencia de popularidad. Hubo quién afirmó que la fama es un arma de doble filo, que cuando uno alcanza a los dioses hay que seguir hablando con los mortales porque nunca se sabe con certeza que día soplará el viento y nos caeremos estrella tras estrella. Hubo batallas más crueles que las que aquí podrían desencadenarse, si es que las guerras son cuestión de cadenas y no de libertades, pero no las hubo menos importantes. Los océanos ya no sueñan en abrir senderos para que Moisés cruce los mares, Moisés ya se negó a cruzar mares años atrás, cuando decidimos que lo rentable se definía en dos palabras: acciones y beneficios. Que es lo mismo que decir Marx aplastado al estilo escocés, un capitalismo nada social.
Pero yo iba (pasado convertido en presente eterno) a contar, mejor decir a  explicar, porque lo que se cuenta son cuentos y los cuentos tienden a la superstición (no confundir con irrealidad, de eso entienden bien muchos de esos dioses griegos), una historia, aunque, y solo es sospecha, sería apropiado no hacer saber al lector (usted) el inicio de semejante trama, como esas estrategias que Hollywood explotó tantas veces (aún lo hace, le he visto) en las que uno no se percataba de qué iba la película hasta el final de ésta pero el principio era igualmente importante, del mismo modo, y estratégicamente para ganarme su interés (si no lo tiene ahora, le recomiendo que deje de leer, ya no puedo hacer nada para despertarle la curiosidad y usted tiene mejores asuntos que atender. De eso estoy segura, uno siempre tiene “mejores” asuntos que atender ante la mayoría de situaciones cuotidianas) le confieso, que la historia ya ha empezado.
El Gran Imperio Romano es uno de esos ejemplos en dónde uno colecciona cielos y regala mortales. Cinco siglos (quién dijo breve) les duró la gloria, que es cómo ellos le llamaron a ese gran acontecimiento, quinientos años de ser dioses. Bastó un día para devolverles la eternidad a los cielos y aceptar los años, y con los años la vida y con la vida, indudablemente, la muerte. Aún hoy pagamos la deuda de esa hazaña, creo, y eso es discutible pero no descabellado, que ésa sí es una deuda eterna. Cómo la mayoría de deudas que cargamos desde que aprendimos a quemar arboles y hojas, y con el “avance” también quemamos humanidad hasta el punto que ahora ya no nos quedan ni arboles ni hojas ni humanos propiamente dicho, ahora tenemos a Marx aplastado al estilo escocés y a Platón disfrazado de Bella durmiente para que no haya príncipe que se atreva, que tenga la desfachatez, de besarle.
Os aseguro, también se lo aseguro a usted si decidió quedarse leyendo, que hubo tiempos más afines a los ideales de muchos filósofos antiguos (los modernos no existen, Marx les aplastó con él), también hubo tiempos más afines a muchas filosofías, y con eso quiero decir, porque hoy en día me temo que eso no es un punto claro en la educación que se nos enseña (mal, por cierto), que los tiempos afines eran para las ciencias (todas), las matemáticas, las letras, la música (mucho más importante que Marx, aunque les duela a muchos esta afirmación), la aritmética y la gimnasia: «Cuerpo sano, mente sana». Pero resulta que de esos mares solo conservamos cenizas (y muchas deudas eternas), y que, curiosamente, lo aceptamos sin querer enriquecernos el pensamiento, el espíritu, cómo decían ellos. Evidentemente, ¿para qué?, si ahora lo único que interesa, y es un gran interés, os lo confirmo, es que los bolsillos estén completamente llenos de Marx y cerrados de Sócrates. ¡Aquí no pasa ni Dios! Perdón, eso ha sido una mala praxis de mi parte y una afirmación satírica completamente inapropiada, porque señores, Dios sí pasa, eso siempre, ya sea en forma de rey, de religión, de poder, o de Banco Europeo, el Dios del que se habla adquiere diferentes formas y contenidos, y uno, al final, se olvida de si Dios es un Dios cristiano, musulmán o hindú, o, si por el contrario, es un verdadero hijo de puta, y perdonen el vocablo pero no había una expresión más precisa, por muchos prejuicios que ésta me cause. Aunque, si tengo que serles sincera, y de eso se trata éste cuento, no es Dios quien es un tirano de cuidado, somos sus creadores, es decir, nosotros. Y eso también me lo enseñó la deuda eterna, el humano es eternamente tiránico. Hay verdades que es mejor ignorar, pero no por ello dejan de ser verdades.


Después de muchas decepciones, una empieza a pensar que ya no hay paraíso que nos salve, y que el infierno está en la tierra sin que exista el cielo. Pero el corazón es traicionero y se niega a jugar a éste juego de pesimismos existenciales inducidos por diferentes causas y muchas consecuencias. Y aún cuando el pensamiento se acomoda en el sofá de la amargura humana, el alcohol barato y los vicios nicotínicos, escondiéndose en el sexo enfermizo (no se confundan, el sexo no es enfermizo, si así lo fuera yo soy la primera que me diagnostico  enfermedad crónica, pero hay sexo y sexo, y esta cita no necesita de aclaración porque en este campo, todos nos entendemos), me sorprendo el corazón declarándole la guerra. Porque no puede ser así, no puede ser solamente de este modo. Yo lo he sentido, y usted también, hemos sentido que, a veces, escasas veces pero no ninguna, hay algo más, algo que no podemos controlar, cómo cuando un soldado está a punto de morir y su amigo (que acaba de conocer) regresa a su lado y se lo lleva arrastrando hasta un lugar seguro, aún cuando él también muera, o cómo cuando hay un tsunami y miles de personas pierden su casa, su familia, sus pertenencias y hasta su ilusión y ven cómo otros miles de personas viajan hasta ése lugar para proporcionarles comida, agua, o simplemente un abrazo. O también cuando tienes una cita con esa chica o ese chico (hombre o mujer, niño o niña) que tanto te gusta y tu mejor amiga te deja su mejor vestido, el mismo que aún no ha usado, no para que estés bonita o bonito sino para que te sientas de tal modo. O cuando entras en un aeropuerto y te invade ese sentimiento recorriendo tu garganta de miedo, añoranza y tristeza, y tu hermana o hermano empieza a abrazarte y a llorar porque eres importante en su vida y, aunque se alegra, ya te echa de menos, o cuando tus abuelos te cuentan sus aventuras de jóvenes, porque no hay que olvidar que no siempre fueron abuelos, y tú te quedas horas y horas escuchándoles e imaginándoles.
¿Qué sucede con todo ello? Muy simple, y de eso es de lo que, en verdad, trata esta historia, la moneda de Marx tiene dos caras, una en forma de cabeza que para nosotros representará la humanidad en su modo más puro (independientemente que sea un rey, un pavo o la Duquesa de Alba), y otra que es la “cruz” que vendría a ser el mal, el deterioro de esa humanidad. No es una balanza, no hay que buscar el equilibrio para mantenerla recta i poder ver ambos lados del metal, porque entonces solo conseguiremos añadir más deudas eternas en nuestro largo historial. Hay que encontrar el momento preciso en que el pensamiento esté descuidado y que el corazón elija que parte de la moneda decide dejar visible y sólo cuando todos los corazones se pongan de acuerdo podremos sentir que estamos en el camino del mal (no del mal satánico, eso es del mundo de los dioses, sino del mal humano. Simplemente humano) o el camino de la humanidad, es una decisión personal, utópica quizás, aunque no la considero de ese modo teniendo en cuenta que la elección global puede ser, con el mismo nivel de probabilidades, ver la cruz de la moneda.

                Ésa es la historia que iba pensando cuando me di cuenta de qué aún no ha sido explicada, entonces ni yo he escrito ni usted ha leído. Curiosamente.  

                                                                                                                                        Margalida