viernes, 3 de enero de 2014

Dos caras y una moneda

Está historia, que no es historia pero está escrita, destaca por la ausencia de popularidad. Hubo quién afirmó que la fama es un arma de doble filo, que cuando uno alcanza a los dioses hay que seguir hablando con los mortales porque nunca se sabe con certeza que día soplará el viento y nos caeremos estrella tras estrella. Hubo batallas más crueles que las que aquí podrían desencadenarse, si es que las guerras son cuestión de cadenas y no de libertades, pero no las hubo menos importantes. Los océanos ya no sueñan en abrir senderos para que Moisés cruce los mares, Moisés ya se negó a cruzar mares años atrás, cuando decidimos que lo rentable se definía en dos palabras: acciones y beneficios. Que es lo mismo que decir Marx aplastado al estilo escocés, un capitalismo nada social.
Pero yo iba (pasado convertido en presente eterno) a contar, mejor decir a  explicar, porque lo que se cuenta son cuentos y los cuentos tienden a la superstición (no confundir con irrealidad, de eso entienden bien muchos de esos dioses griegos), una historia, aunque, y solo es sospecha, sería apropiado no hacer saber al lector (usted) el inicio de semejante trama, como esas estrategias que Hollywood explotó tantas veces (aún lo hace, le he visto) en las que uno no se percataba de qué iba la película hasta el final de ésta pero el principio era igualmente importante, del mismo modo, y estratégicamente para ganarme su interés (si no lo tiene ahora, le recomiendo que deje de leer, ya no puedo hacer nada para despertarle la curiosidad y usted tiene mejores asuntos que atender. De eso estoy segura, uno siempre tiene “mejores” asuntos que atender ante la mayoría de situaciones cuotidianas) le confieso, que la historia ya ha empezado.
El Gran Imperio Romano es uno de esos ejemplos en dónde uno colecciona cielos y regala mortales. Cinco siglos (quién dijo breve) les duró la gloria, que es cómo ellos le llamaron a ese gran acontecimiento, quinientos años de ser dioses. Bastó un día para devolverles la eternidad a los cielos y aceptar los años, y con los años la vida y con la vida, indudablemente, la muerte. Aún hoy pagamos la deuda de esa hazaña, creo, y eso es discutible pero no descabellado, que ésa sí es una deuda eterna. Cómo la mayoría de deudas que cargamos desde que aprendimos a quemar arboles y hojas, y con el “avance” también quemamos humanidad hasta el punto que ahora ya no nos quedan ni arboles ni hojas ni humanos propiamente dicho, ahora tenemos a Marx aplastado al estilo escocés y a Platón disfrazado de Bella durmiente para que no haya príncipe que se atreva, que tenga la desfachatez, de besarle.
Os aseguro, también se lo aseguro a usted si decidió quedarse leyendo, que hubo tiempos más afines a los ideales de muchos filósofos antiguos (los modernos no existen, Marx les aplastó con él), también hubo tiempos más afines a muchas filosofías, y con eso quiero decir, porque hoy en día me temo que eso no es un punto claro en la educación que se nos enseña (mal, por cierto), que los tiempos afines eran para las ciencias (todas), las matemáticas, las letras, la música (mucho más importante que Marx, aunque les duela a muchos esta afirmación), la aritmética y la gimnasia: «Cuerpo sano, mente sana». Pero resulta que de esos mares solo conservamos cenizas (y muchas deudas eternas), y que, curiosamente, lo aceptamos sin querer enriquecernos el pensamiento, el espíritu, cómo decían ellos. Evidentemente, ¿para qué?, si ahora lo único que interesa, y es un gran interés, os lo confirmo, es que los bolsillos estén completamente llenos de Marx y cerrados de Sócrates. ¡Aquí no pasa ni Dios! Perdón, eso ha sido una mala praxis de mi parte y una afirmación satírica completamente inapropiada, porque señores, Dios sí pasa, eso siempre, ya sea en forma de rey, de religión, de poder, o de Banco Europeo, el Dios del que se habla adquiere diferentes formas y contenidos, y uno, al final, se olvida de si Dios es un Dios cristiano, musulmán o hindú, o, si por el contrario, es un verdadero hijo de puta, y perdonen el vocablo pero no había una expresión más precisa, por muchos prejuicios que ésta me cause. Aunque, si tengo que serles sincera, y de eso se trata éste cuento, no es Dios quien es un tirano de cuidado, somos sus creadores, es decir, nosotros. Y eso también me lo enseñó la deuda eterna, el humano es eternamente tiránico. Hay verdades que es mejor ignorar, pero no por ello dejan de ser verdades.


Después de muchas decepciones, una empieza a pensar que ya no hay paraíso que nos salve, y que el infierno está en la tierra sin que exista el cielo. Pero el corazón es traicionero y se niega a jugar a éste juego de pesimismos existenciales inducidos por diferentes causas y muchas consecuencias. Y aún cuando el pensamiento se acomoda en el sofá de la amargura humana, el alcohol barato y los vicios nicotínicos, escondiéndose en el sexo enfermizo (no se confundan, el sexo no es enfermizo, si así lo fuera yo soy la primera que me diagnostico  enfermedad crónica, pero hay sexo y sexo, y esta cita no necesita de aclaración porque en este campo, todos nos entendemos), me sorprendo el corazón declarándole la guerra. Porque no puede ser así, no puede ser solamente de este modo. Yo lo he sentido, y usted también, hemos sentido que, a veces, escasas veces pero no ninguna, hay algo más, algo que no podemos controlar, cómo cuando un soldado está a punto de morir y su amigo (que acaba de conocer) regresa a su lado y se lo lleva arrastrando hasta un lugar seguro, aún cuando él también muera, o cómo cuando hay un tsunami y miles de personas pierden su casa, su familia, sus pertenencias y hasta su ilusión y ven cómo otros miles de personas viajan hasta ése lugar para proporcionarles comida, agua, o simplemente un abrazo. O también cuando tienes una cita con esa chica o ese chico (hombre o mujer, niño o niña) que tanto te gusta y tu mejor amiga te deja su mejor vestido, el mismo que aún no ha usado, no para que estés bonita o bonito sino para que te sientas de tal modo. O cuando entras en un aeropuerto y te invade ese sentimiento recorriendo tu garganta de miedo, añoranza y tristeza, y tu hermana o hermano empieza a abrazarte y a llorar porque eres importante en su vida y, aunque se alegra, ya te echa de menos, o cuando tus abuelos te cuentan sus aventuras de jóvenes, porque no hay que olvidar que no siempre fueron abuelos, y tú te quedas horas y horas escuchándoles e imaginándoles.
¿Qué sucede con todo ello? Muy simple, y de eso es de lo que, en verdad, trata esta historia, la moneda de Marx tiene dos caras, una en forma de cabeza que para nosotros representará la humanidad en su modo más puro (independientemente que sea un rey, un pavo o la Duquesa de Alba), y otra que es la “cruz” que vendría a ser el mal, el deterioro de esa humanidad. No es una balanza, no hay que buscar el equilibrio para mantenerla recta i poder ver ambos lados del metal, porque entonces solo conseguiremos añadir más deudas eternas en nuestro largo historial. Hay que encontrar el momento preciso en que el pensamiento esté descuidado y que el corazón elija que parte de la moneda decide dejar visible y sólo cuando todos los corazones se pongan de acuerdo podremos sentir que estamos en el camino del mal (no del mal satánico, eso es del mundo de los dioses, sino del mal humano. Simplemente humano) o el camino de la humanidad, es una decisión personal, utópica quizás, aunque no la considero de ese modo teniendo en cuenta que la elección global puede ser, con el mismo nivel de probabilidades, ver la cruz de la moneda.

                Ésa es la historia que iba pensando cuando me di cuenta de qué aún no ha sido explicada, entonces ni yo he escrito ni usted ha leído. Curiosamente.  

                                                                                                                                        Margalida

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