Está historia, que no es historia pero está escrita, destaca por la
ausencia de popularidad. Hubo quién afirmó que la fama es un arma de doble
filo, que cuando uno alcanza a los dioses hay que seguir hablando con los
mortales porque nunca se sabe con certeza que día soplará el viento y nos
caeremos estrella tras estrella. Hubo batallas más crueles que las que aquí
podrían desencadenarse, si es que las guerras son cuestión de cadenas y no de
libertades, pero no las hubo menos importantes. Los océanos ya no sueñan en
abrir senderos para que Moisés cruce los mares, Moisés ya se negó a cruzar
mares años atrás, cuando decidimos que lo rentable se definía en dos palabras: acciones
y beneficios. Que es lo mismo que decir Marx aplastado al estilo escocés, un
capitalismo nada social.
Pero yo iba (pasado convertido en presente eterno) a contar, mejor decir
a explicar, porque lo que se cuenta son
cuentos y los cuentos tienden a la superstición (no confundir con irrealidad,
de eso entienden bien muchos de esos dioses griegos), una historia, aunque, y
solo es sospecha, sería apropiado no hacer saber al lector (usted) el inicio de
semejante trama, como esas estrategias que Hollywood explotó tantas veces (aún
lo hace, le he visto) en las que uno no se percataba de qué iba la película hasta
el final de ésta pero el principio era igualmente importante, del mismo modo, y
estratégicamente para ganarme su interés (si no lo tiene ahora, le recomiendo
que deje de leer, ya no puedo hacer nada para despertarle la curiosidad y usted
tiene mejores asuntos que atender. De eso estoy segura, uno siempre tiene “mejores”
asuntos que atender ante la mayoría de situaciones cuotidianas) le confieso,
que la historia ya ha empezado.
El Gran Imperio Romano es uno de esos ejemplos en dónde uno colecciona
cielos y regala mortales. Cinco siglos (quién dijo breve) les duró la gloria,
que es cómo ellos le llamaron a ese gran acontecimiento, quinientos años de ser
dioses. Bastó un día para devolverles la eternidad a los cielos y aceptar los
años, y con los años la vida y con la vida, indudablemente, la muerte. Aún hoy
pagamos la deuda de esa hazaña, creo, y eso es discutible pero no descabellado,
que ésa sí es una deuda eterna. Cómo la mayoría de deudas que cargamos desde
que aprendimos a quemar arboles y hojas, y con el “avance” también quemamos
humanidad hasta el punto que ahora ya no nos quedan ni arboles ni hojas ni
humanos propiamente dicho, ahora tenemos a Marx aplastado al estilo escocés y a
Platón disfrazado de Bella durmiente
para que no haya príncipe que se atreva, que tenga la desfachatez, de besarle.
Os aseguro, también se lo aseguro a usted si decidió quedarse leyendo,
que hubo tiempos más afines a los ideales de muchos filósofos antiguos (los
modernos no existen, Marx les aplastó con él), también hubo tiempos más afines
a muchas filosofías, y con eso quiero decir, porque hoy en día me temo que eso
no es un punto claro en la educación que se nos enseña (mal, por cierto), que
los tiempos afines eran para las ciencias (todas), las matemáticas, las letras,
la música (mucho más importante que Marx, aunque les duela a muchos esta
afirmación), la aritmética y la gimnasia: «Cuerpo sano, mente sana». Pero
resulta que de esos mares solo conservamos cenizas (y muchas deudas eternas), y
que, curiosamente, lo aceptamos sin querer enriquecernos el pensamiento, el
espíritu, cómo decían ellos. Evidentemente, ¿para qué?, si ahora lo único que
interesa, y es un gran interés, os lo confirmo, es que los bolsillos estén completamente
llenos de Marx y cerrados de Sócrates. ¡Aquí no pasa ni Dios! Perdón, eso ha
sido una mala praxis de mi parte y una afirmación satírica completamente
inapropiada, porque señores, Dios sí pasa, eso siempre, ya sea en forma de rey,
de religión, de poder, o de Banco Europeo, el Dios del que se habla adquiere
diferentes formas y contenidos, y uno, al final, se olvida de si Dios es un
Dios cristiano, musulmán o hindú, o, si por el contrario, es un verdadero hijo de puta, y perdonen el vocablo pero
no había una expresión más precisa, por muchos prejuicios que ésta me cause.
Aunque, si tengo que serles sincera, y de eso se trata éste cuento, no es Dios quien es un tirano de
cuidado, somos sus creadores, es decir, nosotros. Y eso también me lo enseñó la
deuda eterna, el humano es eternamente tiránico. Hay verdades que es mejor
ignorar, pero no por ello dejan de ser verdades.
Después
de muchas decepciones, una empieza a pensar que ya no hay paraíso que nos
salve, y que el infierno está en la tierra sin que exista el cielo. Pero el
corazón es traicionero y se niega a jugar a éste juego de pesimismos
existenciales inducidos por diferentes causas y muchas consecuencias. Y aún
cuando el pensamiento se acomoda en el sofá de la amargura humana, el alcohol barato
y los vicios nicotínicos, escondiéndose en el sexo enfermizo (no se confundan,
el sexo no es enfermizo, si así lo fuera yo soy la primera que me diagnostico enfermedad crónica, pero hay sexo y sexo, y
esta cita no necesita de aclaración porque en este campo, todos nos
entendemos), me sorprendo el corazón declarándole la guerra. Porque no puede
ser así, no puede ser solamente de este modo. Yo lo he sentido, y usted
también, hemos sentido que, a veces, escasas veces pero no ninguna, hay algo
más, algo que no podemos controlar, cómo cuando un soldado está a punto de
morir y su amigo (que acaba de conocer) regresa a su lado y se lo lleva
arrastrando hasta un lugar seguro, aún cuando él también muera, o cómo cuando
hay un tsunami y miles de personas pierden su casa, su familia, sus
pertenencias y hasta su ilusión y ven cómo otros miles de personas viajan hasta
ése lugar para proporcionarles comida, agua, o simplemente un abrazo. O también
cuando tienes una cita con esa chica o ese chico (hombre o mujer, niño o niña)
que tanto te gusta y tu mejor amiga te deja su mejor vestido, el mismo que aún
no ha usado, no para que estés bonita o bonito sino para que te sientas de tal
modo. O cuando entras en un aeropuerto y te invade ese sentimiento recorriendo
tu garganta de miedo, añoranza y tristeza, y tu hermana o hermano empieza a
abrazarte y a llorar porque eres importante en su vida y, aunque se alegra, ya
te echa de menos, o cuando tus abuelos te cuentan sus aventuras de jóvenes,
porque no hay que olvidar que no siempre fueron abuelos, y tú te quedas horas y
horas escuchándoles e imaginándoles.
¿Qué
sucede con todo ello? Muy simple, y de eso es de lo que, en verdad, trata esta
historia, la moneda de Marx tiene dos caras, una en forma de cabeza que para
nosotros representará la humanidad en su modo más puro (independientemente que
sea un rey, un pavo o la Duquesa de Alba), y otra que es la “cruz” que vendría
a ser el mal, el deterioro de esa humanidad. No es una balanza, no hay que
buscar el equilibrio para mantenerla recta i poder ver ambos lados del metal,
porque entonces solo conseguiremos añadir más deudas eternas en nuestro largo
historial. Hay que encontrar el momento preciso en que el pensamiento esté
descuidado y que el corazón elija que parte de la moneda decide dejar visible y
sólo cuando todos los corazones se pongan de acuerdo podremos sentir que
estamos en el camino del mal (no del mal satánico, eso es del mundo de los
dioses, sino del mal humano. Simplemente humano) o el camino de la humanidad,
es una decisión personal, utópica quizás, aunque no la considero de ese modo
teniendo en cuenta que la elección global puede ser, con el mismo nivel de
probabilidades, ver la cruz de la moneda.
Ésa es la historia que iba
pensando cuando me di cuenta de qué aún no ha sido explicada, entonces ni yo he
escrito ni usted ha leído. Curiosamente.
Margalida

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