jueves, 15 de marzo de 2018

El espejo de las letras.

Yo, que me sumerjo en el último baño del Corte Inglés para desafiar las leyes bactericidas y salgo con la convicción de haberme librado de una nueva colonización en masa de bichos caminando hacia mi conducto urinario.
Yo, que aún no me explico como la Generación del 68 y su Romanticismo no se cansaran de perfeccionarse.
A mí, que no me satisfacen las palabras que escriben mis dedos y me asombro con la facilidad que se mide la métrica hoy, tan dependiente del número de seguidores en redes sociales y tan poco ligada a la calidad de escritura.
En la vida había visto tantos creadores de libros como ahora y sin necesidad de haber leído alguno antes.
¿Que quereis que os diga?
Me resulta, por lo menos, extraño.
Yo, que me desgarro por dentro cuando veo la poca humanidad que existe en el planeta. Empezando por Guerra y terminando por Pobreza.
¡Una sociedad avanzada!
Avanzada de hipocresía intelectual.
Yo, que defiendo al amor más allá de sus descosidos y amo a las heridas por encima de todas sus costuras.
Y me tapo los oídos cada vez que en la música de este siglo alude a la violencia y a la degradación de la mujer por debajo de la línea que separa sus pezones de su cerebro.
Me deja perpleja la simpleza que tienen algunas damas para dejar sus neuronas bajo cero bailando sin tapujos las mismas letras que les mata toda su sabiduría (que es infinita, de eso que no quepa duda).
Yo, que me pierdo en una librería porque soy incapaz de priorizar a un libro y acabo por irme sin ninguno en un pacto de Honoris Causa entre las palabras y mis conocimientos insuficientes de poesía.
Yo, que defiendo la libertad, la dignidad y el hecho irrefutable de que aún me debes un beso en forma de caja del tiempo por encima del querernos toda una vida.
Y me muero de miedo por si me voy de este mundo sin haber dicho suficientes te quieros a tus sábanas.
Y odio a los políticos y a sus discursos por hacer un uso indebido de la retórica haciéndonos creer que harán una décima parte de lo que nos prometen mientras van robándonos nuestros ahorros y nuestros sueños como si de una broma de mal gusto se tratara.
Yo, que considero que hay más talento en la sonrisa de la gente humilde que en todas las bolsas de economía divagando por Europa y, aun así, no pierdo la esperanza de igualarnos en equidad financiera.
Me sobrecojo cuando veo a miles de personas dejar su vida bajo un océano que les mintió en forma de patera. Madres aventurando a sus hijos a un infierno de mares con peces llenos de espinas y nombres de falsos Derechos Humanos que reposan sus copiosas cenas en butacas de la mismísima OMS.
¿Que quereis que os diga?
Me asombra la codicia humana a pesar de creer que las palabras sí pueden salvarnos.
Yo, que estudié dos años de Filosofía hasta que rompí nuestra preciosa historia de amor cuando comprendí que en nuestro país hay letras que no alimentan por mucho que gritemos que es en el amor por el saber que está la esencia de nuestro existir.
Yo, que estudiaba anatomía sin ningún éxito porque en el memorizar jamás encontré el sentido del vivir y, aun así, tuve que vomitar muchos libros en los exámenes de enfermería en una dicotomía a muerte entre mi querer ser alguien de provecho y mi corazón a pedazos por amar a Kant por encima de la circulación hepática.
Y encontrar la paz en la empatía de mi profesión, en el acompañar con el amor a aquellos que viajan camino de su luz (aunque se vayan con la luz ya puesta en el alma).
Perdiéndome entre miles de libros en mis ratos libres porque el primer amor es para siempre y en mi corazón hay dos ventrículos para las letras. Que en el leer está el latir, aunque los médicos y medicas lo asocien a procesos químicos y mecánicos porque se olvidaron de empezar por la poesía.
Yo, que a pesar de todos los males e injusticias de este mundo, me niego a no creer en la bondad de las personas y defiendo a muerte el poder de las entrañas.
Yo, que odié a la palabra Cáncer hasta quererla para siempre porque, aunque se llevó medio corazón arrancándomelo del pecho, me dejó la más preciosa historia de amor llamada Madrina.
Yo, con mis defectos, mi falta de sociabilidad, mi priorizar a las montañas y a la naturaleza por encima de las tardes de café y las noches de amnesia alcohólica. El destierro de tantas amistades por no entenderme (ni yo a ell@s).
Infinita madurez.
Hágase su voluntad, literatura, pero quédese esta noche por si mañana no puedo escribirle otra carta de amor.
Quédese esta noche, que necesito dar descanso a la razón en un duelo pecho a pecho entre su silencio y mis aullidos de desolación.
Quédese...
Por favor.




Margalida Garí Font

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