domingo, 17 de agosto de 2014

Ahmed

Habían pasado tantos años que el soldado ya no podía recordar si hubo más días de sol que de lluvia o más lluvia que sol, tampoco recordaba el olor que hacia la tierra ni el color de esta, casi había olvidado por completo el lugar geográfico, sus compañeros de batallón y el sabor del whisky americano. Y, sin embargo, tenía perfectamente tatuado en el cerebro los ojos de Ahmed, el color era como el de todos los Ahmeds, color del barro, pero la mirada era penetrante, realmente penetrante.  
Ahmed le dijo el primer día que no se había escapado, le mintió a él, a un soldado no americano pero que se suponía luchaba con ellos y para ellos y él así lo gritaba todas las mañanas con orgullo. Ahmed sí se había escapado de su barrio y de su familia, pero entonces le dijo que no, que estaba de visita para ver el Gran jefe gringo. El soldado se quedo como perplejo al comprobar dicha situación pero quién sabe el porqué decidió seguir escuchando en vez de avisar a la cuadrilla que estaba demasiado ocupada buceando dentro del whisky americano.
El soldado le dijo que debería estar pensando en dar media vuelta si no quería problemas y Ahmed respondió que los problemas ya estaban allí sin que él se diera la vuelta. Lo dijo casi sin pensar, y eso que su estatura no le acompañaba en su discurso de visitante. Ahmed mencionó que había cruzado el río de cocodrilos y que un acto tal requería, al menos, ser escuchado por el Gran jefe. El soldado rió. Él sabía que el “Gran jefe” de Ahmed ya le había matado mucho antes de que el peregrino decidiera ir a visitarle.
“Ustedes ríen por todo señor, pero hacen un mal uso de la risa. La risa es para divertirse o para reírse de uno mismo, me lo dijo mi abuelo. La risa, señor, no es para reírse de los demás. Presumen de saber mucho, mucho más que mi pueblo y todos los pueblos de estas tierras, pero señor, ¿no os enseñan en vuestro pueblo las cosas simples? La risa no es para reírse de los demás señor, es una de las primeras clases que damos aquí.”

El soldado paró de reír, le molestaban las palabras de Ahmed, su mirada, su cuerpo y hasta su visita, aún así, era incapaz de llamar a la cuadrilla. Ahmed era un niño que no debía tener más de siete años y él no podría haberse llevado consigo el asesinato de un individuo tan joven. Eso no se aprendía ni con los años ni con el coraje. Los niños eran otro cantar y todos lo sabían, incluso el “Gran jefe” de Ahmed.
“Joven- dijo el soldado- no me haga perder el tiempo y de media vuelta, su “gran jefe” está demasiado ocupado en los saberes gastronómicos, unos conocimientos que usted no podría entender.”

Ahmed era testarudo, cuando tenía dos años se negó a salir de su cabaña durante tres días hasta que su padre lo agarró del pescuezo, el motivo de quedarse allí dentro fue que adentro se estaba más solo, a los cuatro años cruzó el río de cocodrilos por primera vez, ese día se llevó la mano de su madre marcada en la mejilla y los saberes del nadar, a los cinco años pasó tres semanas en el bosque para encontrar un caballo blanco que le había aparecido en sueños, volvió sin el caballo, muy delgado y con una sonrisa de oreja a oreja gritando como un loco que se había equivocado, el caballo de su sueño era invisible cuando él se despertaba, a los seis años le dijo a su primo mayor de doce años que iba a construir el túnel más profundo y largo del mundo para poder cruzar al otro lado de la frontera y hablar con el gran jefe sin pasar por los soldados. A los treinta días de excavar había conseguido un primo menos en sus aventuras, unas manos que ningún pintor querría, y un agujero de dos metros de ancho por cuatro de largo que los soldados taparon con tierra y si no hubiera sido por los gritos de la madre, Ahmed se hubiera quedado dentro. Y a los siete años Ahmed decidió empezar por los soldados y saltarse la parte del túnel o usarla como plan B.
Así que allí estaba, atado al suelo, enfrentándose a un soldado y haciendo uso de una actitud completamente inapropiada teniendo en cuenta las circunstancias. El país, según los informativos más influentes de Europa, hacía años que estaba en tensión pero la verdad era que nunca había habido tensión alguna, sino una guerra silenciosa para el mundo pero eterna para los habitantes de la zona. La desnutrición y deshidratación ya era algo tan habitual que ni siquiera llamaba la atención a los que la padecían, la falta de un hogar digno tampoco era lo más importante para ellos, “uno se acostumbra a vivir entre la mierda” dijo muy posteriormente el Primer Ministro, sin embargo, no pertenecer a ningún lado, no ser nadie ni tener un sitio al que llamar lugar, eso no lo resistía ninguno de ellos. Por eso Ahmed fue a hablar con el gran jefe y por eso el gran jefe le mató.
“Señor- dijo Ahmed de nuevo dirigiéndose al soldado- resulta que cuando me estaba acercando a vuestro campamento pude decidir si ir a la izquierda o a la derecha porque vi que hay entrada en ambos lados, y estaba seguro que lo mejor era ir por el otro lado ya que aquí donde está usted es un lugar más apartado y la arena entra en los ojos todo el tiempo por la ubicación, muy mal lograda hay que decirlo, de la puerta que hay a su espalda, pero me encontraba ya a medio torcer de pies cuando vi un lagarto que iba a su encuentro, y ¿sabe que pensé? Pensé que no es época de lagartos y que era extraño ver uno con tanta seguridad de decisión. Y le vi a usted, a lo lejos, y se me ocurrió que quizás usted sabría porque en esta época del año los lagartos han salido y porque solo en su campamento. Nunca he puesto en duda la sabiduría de los lagartos, ellos no son tan hermosos como los felinos pero tienen la destreza de poseer el conocimiento de la duda.”

“Joven- dijo el soldado- los lagartos salen porque este es un sitio de lagartos, ¿acaso no nos has visto? Así que si quieres ir a contar a tu familia que has visto lagartos será mejor que vayas empezando a irte hacia tu casa”

“A cualquier cosa le llama usted casa, señor- siguió el muchacho- pero estaba yo pensando que si ustedes son lagartos, ¿no sería mejor no salir en estas fechas? Los cambios bruscos de frió calor les va a deshacer la piel y a helar el corazón, eso también me lo dijo el abuelo. Me dijo que una vez vio un lagarto con el corazón tan congelado que hasta se le congeló el suyo, y créeme, el corazón del abuelo hasta de muerto permanecía caliente, señor.”

El soldado empezaba a inquietarse pero ese niño tenía un bufón en la lengua y sus palabras le hacían pensar. La imagen no era común, un niño hablando con un soldado enemigo no era algo que se viera todos los días. Poco a poco el soldado empezó a sentir una cierta simpatía por el parafraseo del muchacho y sin darse cuenta dejo de ponerse a la defensiva i comenzó a adentrarse en el dialogo.

“Niño, era solo un modo de hablar, solo Dios sabe qué carajo hace el bicho ese por aquí, quizás te ha visto venir y se ha dado prisa en marcharse, lo que no me extrañaría, hasta el mismísimo todopoderoso huiría de un mocoso como tú. Y ya que estamos, ¿se puede saber qué necesidad tienes de hablar con el coronel? Eres valiente, no cabe duda, pero de la valentía a la temeridad no hay un paso siquiera. Vete con cuidado niño, el coronel no dudará en apretar el gatillo. Me consta que anteayer le dio salida al infierno a un chaval que debía andar por tus mismos años. Aquí no se puede jugar con fuego niño, esto es el segundo infierno”

“Señor- repitió el niño- discrepo en sus afirmaciones, por lo que tengo entendido vuestro infierno se parece más a nuestro modo de vivir actualmente que a su bonito campamento. Quizás nosotros no tengamos oro para comprar bonitas chozas pero a ustedes el oro les comió el cerebro. El infierno no está aquí sino allí, al otro lado del rio, no lo veis porque ni siquiera queréis mirar. Se supone que están aquí para proteger a nuestro pueblo vecino de nosotros, pero no protegen a nadie,  ni a sus propias almas. El oro les ha frito las neuronas, señor, las tienen ustedes bien carbonizadas, que es como hay que tenerlas para asesinar a alguien que jamás les ha hecho nada. Si quiero ver el gran jefe es para hacer un intercambio, mi vida por la libertad de mi gente. Antes pensaba podría lograrlo con palabras, ahora sé que no, que con la fritura de cerebro que tienen ustedes eso no es posible. Por favor, déjeme hablar con él.”

“Niño- volvió el soldado- un respeto, que a las almas las tenemos bien protegidas, de tu palabrería, por ejemplo, que es de lo que las hay que proteger para que no se ablanden y se vuelvan como el alma del Ordoñez que se dejo engatusar por una mujer de tu clase y el coronel tuvo que mandarlos a los dos al séptimo cielo de un disparo, había que preservar el miedo o ya os tendríamos a todos como el lagarto que viste, buscando por donde comer. Sea como sea, no puedo dejarte pasar, el coronel no aceptará y si lo hace será por el gusto a matar, te quitará del medio y todo seguirá igual, sus promesas no valen dos centavos. Y será mejor que te vayas antes de que él te vea si no quieres cumplir mi predicción. Me caes bien chico, pero el jefe manda y tu y yo no somos amigos.”

“Señor- contestó el niño- aun sin ser amigos, ¿sería mucha molestia que viniera a hablar con usted de vez en cuando? Es solo protocolo, verá, ustedes tienen el cerebro pocho, y yo quiero ver como resucitarlo, para ello necesito contacto directo con sus cortacircuitos. Serán solo por un tiempo, hasta que les cure y pueda pensar que trato sí cumplirá el gran jefe.”

“Tengo que responder que no –dijo el soldado-, porque aun te pegarán un tiro y lo tendré en mi conciencia. Aunque, si algún día te pierdes, y vienes a parar por estos limonares, no podré negarte mi voz para mandarte al diablo, joven.”

Ahora, eternidades más tarde, no se acordaba de las prendas que llevaba el niño cada vez que le iba a visitar, pero sí de que le visitó demasiadas veces como para no darse cuenta de que el gran jefe le metería un balazo sin pensar. Solo ahora, el soldado admitía que eran amigos. “A él nunca se lo dije pero yo sé que él lo sabía.”
El día que el coronel les encontró a los dos sentados dibujando con un palo sobre la arena unos símbolos que ni el presidente habría entendido, fue el mismo día que el  despertador del soldado se había roto y había pedido permiso al coronel para uno nuevo. El coronel iba a regalarle uno suyo por buena conducta y total fidelidad a la cuadrilla, se lo estaba trayendo en persona junto a un cigarrillo de los años 90 cuando vio que el soldado estaba acompañado por un joven de origen chuchuá. Al principio el coronel pensó en un preso, pero después se acordó de que no era fecha de presos, sino de miedo y paz. El soldado se levantó como un rayo y le hizo el saludo oficial. El niño les miraba a ambos con unos ojos que parecían traspasar sus cuerpos. Al coronel le molestó la imagen desde el primer momento pero quiso escuchar al soldado. Al niño parecía despertarle curiosidad la situación. El soldado, sin ninguna duda, estaba aterrado.
Aún hoy recordaba cómo le tembló el pie derecho en aquel momento, “parecía un pollo mojado en sudor”. Eran otros tiempos, los lugares de guerra nunca iban al mismo tono que los que no lo estaban, allí nadie sabía nada, nadie conocía a nadie y nadie era mejor que el diablo. Allí había que sobrevivir como se podía, “yo solo quería ser recordado por mi labor y ser un héroe, ¿saben?”. Ahora sabia que los héroes solo son tales para el partido ganador, para los que pierden no quedaba nadie, ni siquiera los propios perdedores.
Solo habían pasado seis meses desde el primer encuentro con el niño pero el vínculo entre ambos personajes era prácticamente de hierro. El soldado hacia como si vacilar y el niño le estampaba su parafraseo infantil e inteligente como moneda de cambio.


El día anterior al encuentro con el coronel ambos personajes habían llevado a cabo una profunda conversación que el soldado, ahora, años luz más tarde, aun recordaba a la perfección.
“¿Sabe lo que me parece, señor?- dijo el niño antes incluso que hacer el, ya habitual, saludo- lo de ustedes no es un problema de achicharración neuronal. Puede estar tranquilo, sus neuronas están en perfecto estado. El problema de ustedes es que les han enseñado a defender algo que no tienen con promesas que jamás se cumplirán esperando un nombre o etiqueta que nunca llegará. El problema de ustedes es que aprendieron a luchar en nombre de su país, de sus riquezas y de su propio ego, pero se olvidaron de los derechos a la vida digna, a la tierra, al agua, a la libertad y hasta al saber. El problema de ustedes es que les enseñan a odiar antes que a querer, que lo que piensa la gente de su lado del muro son los que tienen la verdad absoluta e incuestionable sobre todas las cosas y que todos los demás somos escoria que hay que eliminar. El problema de ustedes, señor, es que su inteligencia les convierte en unos completos ignorantes. Sí, eso es lo que me parece, señor, que el problema es un problema de ignorancia. Y podrá usted decirme que se saben las cinco mil formulas matemáticas de construir un explosivo, de organizar un buen escuadrón de batalla o de leer los símbolos manuales de los demás compañeros, entre otros infinitos conocimientos. Sí, podrá usted discrepar en mi diagnostico diciendo eso, pero yo le diré a usted otra cosa que también me dijo el abuelo, médico por cierto, los conocimientos que no se aprenden con amor no sirven absolutamente para nada, cualquier conocimiento que implique odio, rencor, venganza, etc., solo sirve para una cosa, la ignorancia. Así que, es cierto, ustedes saben mucho de muchas cosas que mi gente y yo mismo no tenemos la menor idea, pero ustedes, por saber tanto de eso, no saben nada de nada.”

El soldado se quedó sin palabras, el discurso del chico era difícil de derribar y durante esos seis meses de charlas, cada vez sospechaba más que lo que decía el niño era, al menos, en parte, cierto.

“Chico- dijo el soldado- nos enseñarán muchas cosas, pero ser lo que somos lo decide cada uno por su cuenta. Creo que yo no puedo presumir de ser una gran persona, recuerda que iba a dispararte yo mismo de haber tenido el coraje, pero puede que algunos necesitemos que nos enseñe alguien de quién no nos fiaríamos en otras circunstancias. Es decir, yo te deje entrar en mi vida por diversión, aquí uno se cansa de ver el mismo tipo de personas con el mismo tipo de sabiduría. Tú me has enseñado mucho más que toda esta gente, puedo estar o no de acuerdo con tu discurso, pero no puedo negar que me creas la duda en todo lo que esto concierne. Tal vez si yo fuera tú y viviera en la aldea también pensaría como tú lo haces, tal vez ya lo empiece a pensar ahora o tal vez siempre lo pensé, quién sabe. Tal vez nunca hay un tal vez…”

Intercambiaron dos palabras más ese día pero el chaval tenía prisa por explicar su diagnostico a su primo mayor que ya había vuelto a recuperar a cambio de una bala del soldado que éste le regaló como muestra de poder unos días atrás.
Pero el día del coronel todo se complicó. Iba a ir bien si ambos explicaban que el niño se había perdido o algo parecido, pero el niño ya tenía mala fama entre los militares y tampoco parecía estar muy dispuesto a inventarse nada ni a mentir.

“Señor-dijo el soldado- estaba diciéndole a este chaval que si me enseñaba su idioma tal vez se nos entendería mejor en los mensajes de visita a su gente que tenemos programados.”

El coronel miró al niño varias veces, después miró al soldado otras varias veces, miró los símbolos, miró el entorno, volvió a mirar al niño y posó su mirada final en los ojos tímidos del soldado.

“Sabe oficial- anunció al fin el coronel- iba yo viniendo a verle con un reloj muy apreciado para mí. Estaba dispuesto a dárselo como obsequio y homenaje a su labor. Jamás he tenido ninguna queja de usted oficial. El más puntual, el primero de su cuadrilla, el que menos emociones perjudiciales muestra hacia lo que es nuestra misión, el más leal a nuestro país y a nuestra gente. Toda una joya para los que estamos aquí. Sin embargo, el acto que está usted llevando a cabo ahora mismo no me parece a mí que sea el de un gran soldado. En primer lugar el enemigo está en territorio oficial y nadie ha sido informado, la información es una de las primeras normas del ejército. En segundo lugar, la postura que ofrecéis, más la mirada de éste crio y la inmensa cantidad de arena marcada me corrobora que no hay aquí la confianza de un solo día ni de dos. Ustedes están tramando algo, quizás no ofensivo, pero estoy viendo vínculos, oficial, y los vínculos con el enemigo son una prohibición más que prohibida. La degradación de esta ley le convierte automáticamente en traidor y cómplice del enemigo. Corrígeme si me equivoco, ¿es o no es la alianza con el enemigo el gran pecado capital del ejército, peor que la traición a un compañero de cuadrilla y peor que el abandono de la misión? ¡Conteste soldado!”

“Gran jefe- interrumpió el niño- el soldado le dice la verdad, ha sido culpa mía que nos demoráramos más de la cuenta en las clases de lengua. Pero, señor, entiéndalo, solo soy un niño, el ejercicio de profesor aún me queda un poco grande. Lo que a un hombre como a usted le tardaría minutos a mi me supone horas. Si hay algún culpable soy yo mismo, señor. No les avisó de mi presencia porque yo se lo pedí, pensé, ¡oh equivocado de mi!, que a ustedes les aburrirían las clases de lengua de un niño. Cada uno sirve para algo, ya ve señor, yo preferiría la música a las letras pero mis padres decidieron que lo mejor era la ciencia y es en lo que me voy a formar en cuando salga del campo.”

“Chico- dijo el coronel- nadie te ha pedido en esta comida. Mi experiencia como soldado me ha enseñado que lo inocente nunca es tan inocente y lo culpable nunca es tan culpable. Si lo que dices fuera verdad no estaría el soldado mostrando su mirada más desesperada ni caería por su frente sudor alguno. En cuanto a usted soldado, ya me encargaré de que vuelva a su hogar y duerma bien calentito debajo de cuatro mantas. Aquí ya no me sirve, ha traspasado la línea enemiga. No la física, esa la pasamos todos los días, pero si la sentimental. ¿O me dirá usted que si le pidiera que disparara a éste chico ahora mismo podría hacerlo? ¿Y a su familia? ¿Y a su gente?”

“Me temo que no, señor- dijo el soldado- no podría dormir del remordimiento. Pero no por lo que usted cree, señor. Le mataría sin ninguna pena si usted me asegurara que él es culpable, que es el autentico enemigo, el mismísimo Satán, señor. Le mataría sin piedad si su gente deseara la barbarie, la destrucción, la guerra, y la conquista de nuestro país. Le mataría ahora mismo si así fuere, señor. Sin embargo, en este tiempo que llevamos ocupando sus tierras y perpetuando sus muertes como si de ganado se tratara, no he visto señal alguna de odio en sus ojos. Ni siquiera nos miran con odio cuando les visitamos. Son miradas de esperanza, de anhelo, de liberación, de piedad, señor. Ellos no quieren nuestro oro, ni nuestras casas, ni las casas de sus vecinos, no quieren Europa ni ser europeos, quieren paz, quieren vivir. Señor, ¡creo que solo quieren vivir! Nosotros sí somos el enemigo, el nuestro propio. Nuestra avaricia nos permite pasar sin cargo de conciencia por miles de vidas humanas, nuestro gobierno nos perdona nuestros pecados y nos prepara un paraíso, y ¡qué paraíso!, el mejor y, sin embargo, es uno terrenal, allí arriba, señor, allí a lo lejos solo nos esperará el infierno. El enemigo, señor, no está cruzando el rio de cocodrilos, sino dentro de uno mismo. Él me lo ha enseñado, este chico se merece mucho más el cielo que tres mil cuadrillas como la nuestra, y nosotros les pagamos con el infierno. ¡Dios, señor, no perdonó al diablo, su benevolencia no pudo alcanzarle porque el diablo no quería ser perdonado! Nosotros, señor… ¡Nosotros somos los hijos de Satanás!”

El coronel se llenó de cólera, su mejor oficial había sido hechizado por un brujo chuchuano de un metro de largo por un cuarto de ancho. Él como primer personaje ejemplar del escuadrón no podía permitirse enseñar una muestra de debilidad tan clara a sus hombres. Era la primera ley, no alianzas enemigas, no había nada peor que ésta, ¡ni una sola peor! Los demás soldados se habían ido acercándose poco a poco atraídos por los gritos y el cuerpo de un niño de ideas contrarias. El coronel debía cumplir con su papel, ser un hombre recto, de ideales marcados, leal a su país, un ejemplo a seguir y la máxima autoridad de los soldados. No podía permitirse que sus ideales se pusieran en duda, sus hombres le comerían los sesos poco a poco si no imponía su poder.
Ahora, eternidades más tarde, el soldado lo recordaba nítidamente, como una pesadilla que le torturaba cada noche, “ustedes, los periodistas solo buscan deslumbrar con sus titulares, imágenes o escritos, disfrutan con ésta historia, lo puedo leer en sus ojos, pero si hubieran estado allí, les aseguro que no querrían ejercer más en lugares de guerra. El coronel ni siquiera se lo pensó, ¿saben?, lo hizo como quien pisa una hormiguita. Me cogió mi fusil recién cargado y disparó en el blanco, me dio el reloj y se fue como un fantasma. Y eso era en lo que le había convertido el ejército, en un puto fantasma.”
            Lo que el soldado no había explicado en su entrevista fruto de su regalo de jubilación que les proporcionaba el ejército a todos los soldados, aún cuando hacía años que ya no ejercían en la profesión, fue lo que pasó segundos antes que el coronel disparara al crío, eso solo lo sabía él, ni siquiera su mujer había tenido acceso, en vida, a tal información.
            Ahmed predijo su futuro mucho antes de que el soldado hablara y se había estado mentalizando desde el primer momento que divisó al coronel acercándose a ellos. Ahmed estaba contento, no había liberado a su pueblo, tendrían que pasar muchos Ahmeds para ablandar al coronel, hasta dudaba si también tendrían que pasar muchos coroneles para que uno solo escuchara a un Ahmed, pero había sido testigo de que podía acercarse uno al que se suponía era el enemigo y convertirse en su amigo. Había sido aceptado, escuchado y creído. Había olido el perfume de la libertad en las historias del soldado y había aprendido a ser paciente y a no perder la esperanza en el ser humano. Ahmed se había convertido en la voz de todos los pueblos injustamente tratados y había aceptado su parte del papel.

            “Señor- le dijo Ahmed al soldado cuando este terminó de hablar con el coronel,             minutos antes de que el coronel decidiera matarle- ¿cree usted que los pájaros traspasan fronteras?”

                “Ahora no, chico, - respondió el soldado que estaba pensando a velocidades gastronómicas un plan para salvar al niño- hablaremos de ello mañana.”

                “Yo creo que sí, señor- continuó Ahmed- creo que los pájaros, si están en jaulas no pueden irse muy lejos porque les da miedo no tener la protección de sus barreras, pero que si se atrevieran, no querrían volver a meterse jamás en un sitio de esos. Se pasarían el día y la noche cruzando de frontera en frontera, libres…Señor, estoy seguro que los pájaros que se ven por aquí son las almas de mi pueblo cuando les matan. Deben regresar, imagino, de la China, de Perú y hasta de Inglaterra, y estarán ansiosos por contarnos a los que aun estamos enjaulados como es la libertad. A veces he hablado con alguno pero tendré que practicar más su lenguaje porque no los termino de entender. Son como el caballo blanco de mis sueños que es invisible en la realidad, solo puedo sentirles, pero no entenderles y mucho menos dialogar, señor. Pero estoy seguro, señor, ahora lo veo claro, los pájaros, aun encadenados al cielo, traspasan todas las fronteras que quieren. Usted también será un pájaro, estas cosas se saben, señor. Usted ahora no lo entiende pero lo será y podré enseñarle todos los lugares del mundo, y la paz, señor, primero le enseñaré la paz. Me pregunto qué lugares me enseñará a mí el abuelo…”

            Antes de que el soldado pudiera responder, de nuevo, que no era el momento y que lo discutirían mañana, el coronel ya le había quitado el fusil recién cargado y le había enchufado el balazo en la sien al niño. El ruido del disparo espantó muchas de las aves que reposaban a su alrededor, Ahmed, no obstante, murió sonriendo.
Hoy, años, demasiados años, después, el soldado recordaba a aquel muchacho como si de su hijo se tratara. Después de aquello su vida había pasado varias etapas, unos primeros años que nadaron en alcohol y vinilos de jazz, una segunda etapa en que conoció a su mujer y ángel de la guarda y le rescató de su pozo sin fondo hasta que, ahora hacia un año, la vejez se la había llevado en forma de paloma blanca, y una última etapa actual, en que recordaba a Ahmed de un modo que nunca antes había hecho, como si estuviera con él, esperándole ansioso para enseñarle a cruzar fronteras y, sobretodo, enseñarle la paz.
Los ojos de Ahmed le aparecían en todos los pájaros que se le cruzaban y el sonido de su voz volvía cada vez que escuchaba sus cantares. Nunca había sabido que le había enseñado exactamente la guerra, los periodistas que estaban ahora terminando de añadir algunos apuntes en su cuaderno tampoco lo sabrían, ni aunque presumieran de ello, pero si sabía lo que le había enseñado Ahmed, su enemigo y amigo más intimo:
“Pero estoy seguro, señor, ahora lo veo claro, los pájaros, aun encadenados al cielo, traspasan todas las fronteras que quieren.”

Margalida,
A todos los Ahmeds del mundo, a todos los soldados que les escucharon, al derecho a la vida digna, a la libertad y a todo aquel que lucha para devolverles tales derechos y, sobretodo, éste relato va dedicado a la paz, a la risa y al amor que aun nos quedan.  

jueves, 3 de julio de 2014

La Mona

                A la Mona al café recién hecho de la mañana siempre se le quedaba el sabor dulce. A veces sin azúcar el café de la Mona era tan dulce que hasta amargaba los buenos días de la vecina fisgona de enfrente. En esos días la Mona tenía por costumbre hacer más café, y hacerlo doble. Se decía que quería comprobar si con el café lograría edulcorar el corazón podrido de la de enfrente. Y a veces lo conseguía. 
                La Mona era una mujer fuerte, la vida la había hecho así. Trabajaba, hacía la casa, mantenía a sus hijos y se ocupaba, junto a sus hermanos, de sus padres. La Mona nunca pedía nada a cambio, pero al parecer el dinero brillaba por su ausencia, aunque ella era una mujer sencilla, sintiéndose naufragando entre hipotecas y cotidianidad. A la Mona le hubiera gustado ser cocinera, esteticista o maquilladora. Pero la Mona era camarera y la Mona era limpiadora. Nunca los sueños le habían salido tan caros. A pesar de eso, la Mona luchaba para ser una gran camarera y la Mona luchaba para ser una excelente limpiadora. Ella era así, luchadora por naturaleza.
                Sin embargo, si había algo que fosforecía aparatosamente en la Mona, era, sin duda, su corazón. Su marido, otro humilde caballero que vivía entre mecánica y animales, aseguraba que en el corazón de su esposa había cabida hasta para los que no tendrían que tener cabida. Lo que en otras palabras equivaldría a un corazón con potente infinitud dimensional. Un agujero negro de amor, como decía el marido de la Mona.
                En los últimos tiempos la Mona se había deteriorado un poco por los años, otro poco por el estrés (enfermedad muy común en la sociedad moderna) y un último poco por el café cada vez menos dulce de las mañanas. Los primeros síntomas de dicha evolución no se percataban al principio como algo anormal. Eran, para la Mona, detalles pasajeros traducidos a caída de cabello, blancura en la piel, pigmentación rosada con acné de adolescente, dolor cervical y de cabeza y, por supuesto, un café amargado que hasta amargaba el corazón infinito de la Mona.


                Con el tiempo, los síntomas se agravaron y el doctor Velázquez, un intelectual que se había sacado el doctorado, así como su vida, entre nueves y matrículas de honor pero que tenía un cero, ni siquiera suspenso, en humanidad, le diagnosticó Cáncer de amor a la Mona. En palabras del doctor, “su corazón sufre lo que en medicina se llama una disfunción severa de ambos ventrículos que se irradia por toda la superficie del corazón y afecta a la circulación global de su organismo”. Lo que el doctor no supo decirle a la Mona, porque ni él lo sabía, era que aunque se viera con cierta afectación miocardica si éste era infinito no se le podría anular completamente, sobre todo si se luchaba para evitarlo.
                Para los ignorantes en estas cosas, en el grupo en el que me incluyo a mí misma, el Cáncer de corazón es uno de esos que nadie desearía tener, con fuertes derivaciones a la tristeza, a los sueños perdidos y a la gran batalla que supone tener que endulzar el café con un corazón amargo. Es conocido por el nombre científico de Cancerus amorosus. La Mona decía que el nombre solo dice lo que uno lee pero que el significado implicaba querer entender lo que uno lee. La Mona entendía de casi todo y por eso ella aseguraba que no sabía nada. La verdad es que la Mona sabía mucho de lo que había que saber. Y sabia que el Cancerus amorosus no sería una batallita más en su historia de mujer, más bien sería la gran batalla.
                Para paliar el cáncer la Mona se paró un día el reloj de muñeca y se sentó a escribir diagnósticos e intervenciones que ella misma iba a llevar a cabo. En resumidas cuentas, la Mona se había propuesto ser su propia doctora y encontrar ella misma su cura. A todo esto, cabe mencionarlo, el cáncer iba avanzando.
                La lista de la Mona iba de lo más importante a lo menos importante pero igualmente esencial para su curación. Era una lista sencilla, con faltas de ortografía porque ella era una mujer con pocos estudios académicos y con muchos estudios vitales. La lista de la Mona iba del uno al diez y si con ello no conseguía el remedio de su cáncer pondría tantos números en su lista como su corazón le exigiera. De momento la Mona decía a sus amigos y a la vecina fisgona de enfrente que ella estaba luchando y que no necesitaba la compasión de nadie porque la lucha con compasión no tenía por frecuencia salir satisfactoriamente, según la Mona. Sin embargo sí necesitaba su apoyo para que sus diez o más puntos de la lista le dieran buenos resultados.
Lista contra el Cáncer de Corazón:
(Según el doctor Velázquez, Cancerus amorosus)
1.       Decir a mis padres que les quiero y que sus nietos les necesitan aún con ellos.
2.       Decir a mis padres que aunque parezca mayor y madre a veces soy pequeña y necesito la mía.
3.       Abrazar a mis hijas y darles aliento en el desamor y fuerza en el amor y en la vida, que aunque no siempre se vea, también es amor.
4.       Apoyar mi cabeza en el hombro de mi marido y comentarle que en los casi treinta años de matrimonio que llevamos, y aunque ya sean inhabituales mis muestras de cariño hacia él, le sigo amando como el día que le vi en el pub del pueblo con la camisa verde y el pantalón vaquero.
5.       Ir a caminar por la isla para pensar, recordar y añorar. Eso alivia el corazón de cargas.
6.       Volver a la playa con mis hijos sin esperar que ellos, por enésima vez, me lo pidan.
7.       Quedar con mis amigas para cenar, las de toda la vida, para hablar, hacer del vino nostalgia y volver a tener veinte años.
8.       Empezar a escribir los sentimientos que me amargan el café de la mañana para poder sacarlos fuera y endulzar el cáncer.
9.       Volver a sonreír, aun no teniendo por qué.
10.   Empezar a quererme a mí. Nota: Este punto no sé cómo llevarlo a cabo, tengo la esperanza que al llegar a él ya estaré en conocimiento de causa.

La Mona, según el doctor, es un caso inusual en la medicina, tendría que haber decaído hace ya tiempo y sin embargo, parece relucir un poco más cada día. El doctor no sabe nada de la lista que cura a la Mona. El doctor le sugiere a su paciente múltiples tratamientos que ella rechaza argumentando encontrarse un poco mejor pero gracias. La lista de la Mona ya fue completada hace años, su aumento sigue creciendo cada día y dice la vecina fisgona que el número mil seis empieza a asomarse en el libro contra el cáncer que la Mona ha decidido publicar cuando fallezca. De momento la editorial que aceptó el negoció tiene sospechas de haber hecho una muy mala inversión. La Mona no parece tener la disponibilidad de publicarlo en los próximos años. Según la Mona lo publicará poco antes de morir. La Mona dice que las personas, si no morimos de accidente, sabemos más o menos que nos estamos muriendo y que eso no es malo porque una vida sin muerte no tendría la riqueza de querer extraerlo todo de todos los días, bueno y malo y de llevarse la certeza de haber vivido al lecho de muerte. La Mona, sin embargo, ya ha advertido a la editorial que el cáncer no será la causa de su muerte porque ella tiene la cura de su enfermedad, pero que de la vejez nadie tiene la cura, ni siquiera las grandes cosméticas, así que cuando esté completamente curada y solo necesite la paz de su gente cercana y el amor de su familia porque la vejez empiece a asomarse, entregará su obra a la editorial y ayudará a curar el Cáncer de corazón de todo aquel que lo padezca aun sin que el doctor Velázquez se los haya diagnosticado.
La Mona es una luchadora, es una mujer fuerte porque la vida la ha hecho fuerte, es trabajadora, cuidadora de su hogar,  camarera y limpiadora. La Mona puede ser albañil, ministra, secretaria, profesora, estudiante, juez, socorrista, camello, prostituta, bibliotecaria, enfermera, cuentista, dama de casa, espía secreta, notaria, enterradora, cirujana, amante…La Mona puede ser cualquier Mona, pero la Mona tiene la cura del Cáncer de corazón, y eso, no es algo de lo que podamos presumir todos.
La Mona, sobretodo, tiene un corazón con cáncer que es un agujero negro de amor y ese amor es lo que la guarece de su propia enfermedad.

Margalida Garí Font,
Dedicado a todas las mujeres Mona del mundo, pero en especial a mi madre,
mi Mona por excelencia, y a mi Madrina,
mi Mona más hermosa por dentro y por fuera. 

viernes, 27 de junio de 2014

Un amor una papallona

Mai no serem de la reialesa encara que tinguem milions d’abraçades.
Mai no gaudirem d’eternitat, encara que viurem sense el temps.
Mai no tocarem el Sol però potser una besada ens doni la mateixa escalfor.
Mai no anirem a veure un ós polar, tot i així, sentirem el fred glacial d’una pèrdua estimada.
Mai no serem només nosaltres, però SEMPRE tindrem l’opció d’aspirar a ser únics i, sobretot, a sentir-nos únics.
Perquè només es senten papallones en comptades ocasions i intentem, boja i inútilment, atrapar-les. Fins que un dia deixem de fer-ho i les papallones decideixen quedar-se.


Sorprenentment. 






Margalida Garí Font,
    encara que els amors canviïn,  tots tenen el punt comú d'un horabaixa de papallones. 

sábado, 7 de junio de 2014

Xinoxano

                Físicament, les respiracions van anar transformant-se i cada cop semblaven més accelerades. El cos, pobre, estava en període d’adaptació. Anava tirant, com es sol dir quan alguna cosa no va del tot bé però tampoc va malament. Els muscles dels membres inferiors seguien a la perfecció la seva sincronia de flexió-extensió a cada nova trepitjada i els braços, esclaus com sempre de les cames, perseguien la melodia celestial sense, ni tan sols, tenir certesa de que aquest tipus d’esforços anaven seguits de recompenses divines. Amb poques paraules, tot estava en sintonia. Tot just s’havia començat a moure l’estructura corporal i encara es podia palpar el rovell dels primers minuts en que tardava l’organisme a adaptar-se però, de moment, aquest semblava respondre, i cal dir que no sempre era així.
                Mentalment, encara estava fresc. Tot un roure! Deien alguns. Inhumà, responia la majoria. Un boig!Li havia dit la mare. Un cabró, els seus amics. I ell, què en pensava? Doncs ell pensava que córrer el permetia transportar on un volgués, sempre que volgués. Presumia, després d’alguna cursa llarga, de que mentre els seus peus trepitjaven la Tramuntana el seu cap perseguia un àngel que s’amagava a la cima de la primera muntanya, que era perseguit i havia d’afanyar-se fins a la segona o que, ell era el perseguidor i el perseguit es trobava a la tercera cima. Mentalment podia haver estat qualsevol cosa. Ho era, i ell ho sabia.  
                A vegades  a la seva xicota àrab, li hauria agradat poder compartir aquests moments amb ell, formar-hi part d’alguna manera perquè sentia, que se li escapaven fragments del seu amor. Però, en el fons, també entenia que eren assumptes íntims entre ell i la Mare Terra o entre ell i qui sap què. Ell era bell per fora perquè per dins era transparent, encara que tractés de ser opac la major part del seu temps. L’àrab veia aquest tipus de coses. Una hippie que no aterrava del món del yupi!
                L’enciclopèdia mental del noi era extensa, un passatemps d’aquells d’haver de treure-li tot el suc a la taronja cerebral. Deien els més propers que abastava des de Constantinoble al Pol Sud i, que a vegades, se l’havia vist temptar a la superfície lunar. Tot un personatge! I tot un tros de pa, això si, tossut com un cabrit i de la canalla perfeccionista siberiana. D’aquells que més d’un cop, optés per fer veure que t’és indiferent perquè tens ben clar que, diguis el que diguis, ell també actuarà com voldrà. En definitiva, un altre hippie!
                Passat el quilòmetre nou, es començava a sentir millor, més adaptat. Però no era fins el catorze que no es sentia completament actiu. El massai mallorquí, havien conclòs un vespre d’estiu.
                La suor, juntament amb la sal, feien una barreja viscosa que li anava des de el front fins a la punta d’ambdós peus. Tot un panorama! Hauria dit l’àvia d’haver-lo vist amb aquelles pintes. Al seu temps córrer era estrany, córrer per muntanya un desbarat i córrer més de 10 quilòmetres un suïcidi. La mataria d’un disgust! Ella li deia, repetidament.


                El pitjor, perquè en aquest tipus d’actuacions, sempre hi ha alguna cosa pitjor que altre, era la part nutritiva. Un suspens dels grans en matemàtiques: “Si,si, senyora Patricia, el seu fill serà un esplèndid poeta però un pèssim contable.”- Li havia anunciat el dia de final de curs el professor Grimalt a la mare del noi. Ell, ingenu i innocent com era a aquell moment, no n’havia fet cas.  
                Ara, anys més tard, les matemàtiques seguien jugant-li males passades. Els valors nutritius d’ingesta i demanda de la seva màquina corporal sofrien el que en medicina s’anomena un balanç negatiu. És a dir, insuficient aportament nutritiu per la despesa soferta. Amb altres paraules, l’esport a alta intensitat l’impedia ingerir aliments. Com a conseqüència, al quilòmetre seixanta el malestar ja era d’allò més intens i al quilòmetre setanta-dos el noi anava perseguint el vint-i-cinquè àngel paradisíac i fugia de tres mil monstres blaus per aconseguir continuar endavant. Un problema que encara no havia aconseguit superar. Allò dit, tot un poeta!
                En quan als utensilis era més aviat humil. Un pobre per alguns, un “xinoxano” per els altres, i un naturalista per els més historiadors. Però per dur a terme la seva missió necessitava la complexa indumentària d’unes esportives, una ampolla d’aigua, aliments (a pesar de les matemàtiques) i uns pantalons elàstics. Res de grans empreses i alta tecnologia, múltiples pastilles i pastes o tres models de sabates.  I d’aquesta manera es carregava a l’esquena cent quilòmetres com qui fa un passeig pel barri de Gràcia barceloní. Repeteixo, un hippie!
                Si un es posa a analitzar-ho tot plegat, arriba a la conlusió de que, més d’un cop, etiquetem a les persones per el que fan, com actuen o la seva manera de vestir, perquè, simplement, és, pensa o actua diferent a nosaltres i tenim la certesa, tot i que no gaudim de demostració científica, de que la nostra visió és la certa i l’altre l’errònia.
                Jo, des de, ara si, el meu punt de vista, no sé molt bé el que és correcte o no, i crec recordar que, els darrers apunts d’Ètica i Legislació que vaig estudiar tenien controvèrsies respecte múltiples situacions i comportaments. Perquè som humans, i som complexes. Però hi ha una cosa que sí sé:
Només quan corres sol per la muntanya saps el que és sentir els batecs del teu cor amb sintonia amb les fulles dels arbres. Què si et trobes a algú més en el teu camí, no l’insultés o el crides com, sí es veu, a altres esports, sinó que el saludes i somrius perquè saps el que sent aquell desconegut i ell sap el que sents tu. Que les curses no son competicions, son actes socials que, més d’un cop, fan emocionar i abraçar algú que no havies vist mai però que ha patit cada gota de suor, igual que tu. Que anar a córrer amb companyia és una molt bona manera de conèixer algú íntimament i de construir grans amistats.  I, sobretot sé, que en algun moment d’aquest procés, quan ja hi dus un cert rodatge, arribes a fregar l’àngel de la cima i a trepitjar la superfície lunar.

A en Joan, perquè m’ha ensenyat a volar.  



Margalida Garí Font

jueves, 1 de mayo de 2014

Las perseguidoras del pensamiento

                Tuve durante un tiempo lo suficientemente largo como para olvidarme de su dimensión real, la sospecha de que las palabras persiguen nuestro pensamiento. Con los años, que no han sido muchos, una empieza a tener otro tipo de sospechas, menos significativas y también, menos poéticas. Y al final, curiosamente, se acaba por resignar una misma, en tener tendencia a la sospecha generalizada.  
                Hay días, posiblemente días como el de hoy, que el romanticismo se sobrepone a lo que tradicionalmente llamamos “sentido común”, entonces la divagación es exagerada y se halla una conversión vergonzosa del nada vale por el todo vale. Una poesía “pastelito” inunda los más ocultos circuitos neuronales haciendo de la mediocridad poema y del poema himno patriarcal. Nunca habría existido el valle de lágrimas español si la iluminación no hubiera penetrado aquellos versos que se encaraban al Sol.
 ¿Cómo pudimos favorecer tales cantidades de azúcar en nuestro bagaje cultural?
Así nos hallamos aún en estos días, padeciendo las cenizas de una diabetes crónica que, mucho me temo, sigue vigente con altas dosis de medicación para ocultar los signos de la enfermedad. ¿No nos advirtieron acaso los más intelectuales de los errores de la historia? ¿No nos advirtió la literatura de la perpendicularidad que existe entre las mismas situaciones aún encontrándose en diferentes contextos socioculturales?
                Hoy, todavía, nos defendemos ante aquellos que promulgan lo contrario a nuestro modo de pensar, sin embargo, ya no nos paramos a escuchar sus argumentos, es, en todo caso, una defensa hueca. Hasta nuestro pensar es cada vez más hueco, académicamente hablando, pues no está vacío, rebosa a ideas económicas, a siglo XXI, a materialismo, a necesidades nada necesarias, a egoísmo, a vestidos caros y cenas lujosas, a deshumanización y a reality show americano. “Emito mis alaridos por los techos de este mundo, dice el poeta” (W.Whitman). Viajamos para escapar de un entorno que no vemos y desconectar de unas personas que no escuchamos para pararnos ante una naturaleza que no oímos. E allí la paradoja de nuestro tiempo, que nos encontramos, supuestos a hacer algo, completamente perdidos. Lo triste es, y de allí mis sospechas en estos días fúnebres, que no pretendemos, en absoluto, traspasar dicha situación. Destrozamos el Muro de Berlín entre Alemania y Rusia y lo reconstruimos entre nuestro corazón y el corazón del mundo, con las fuerzas finales nos atrevimos aun, a duplicar la Muralla China rodeando nuestro cerebro. El resultado ha sido rápido, eficaz, y nicotínico: un pastelito romántico que nos engorda diariamente de ignorancia y de falsos profetas. ¡Oh, sí un Dios nos juzgase de nuevo!
                Y sin embargo, insisto, mi corazón se niega a hacer tales prejuicios, aún siendo éstos de una evidencia abrumadora, él perdura en el mantenimiento de la esperanza como quien mantiene un corderito para que sobreviva hasta Navidad.


                Iniciaba yo este texto, argumentando que hubo un tiempo en que sospechaba que las palabras nos persiguen, más que a nosotros al pensamiento, pero siendo nosotros mayoritariamente pensamiento tampoco es descabellada la afirmación. Déjenme que me  extienda yo en esta tesis, pues tengo la certeza de que no hay que balbucear palabras solamente sino que hay que ser consecuente con lo que uno dice e intentar sobrellevar un relato coherente.
                Mi memoria va desde el primer recuerdo que almaceno en ella hasta el momento en que escribo esta palabra. Sin embargo solo me es posible expresar dichos pensamientos mediante el arte de la palabrería, ya sea oral o escrita, y mucho me temo, que se requiere un esfuerzo mayor para concebir un mundo humano sin que en él se contengan los vocablos. Dicho en otras palabras, la humanidad necesita del lenguaje para ser, en cualquier que sea su formato, y el lenguaje si es, es gracias a la existencia humana. Consecuentemente, en cuanto se intenta concebir el mundo absteniéndose del uso de la lengua, ésta inmediatamente acude a saquear nuestro pensamiento demostrándonos que sin palabra no es posible concepción alguna. La palabra es el límite de nuestro pensamiento y el pensamiento tiene el límite de la palabra.  
                Evidentemente, éste con los años, como decía yo al inicio, se convierte en un callejón sin salida que nos entumece y preocupa más que aclarecer por lo que una acaba por desentenderse de él y fingir que es una de las tantas preguntas filosóficas que si por algo se define es por no tener respuesta, al menos, todavía.  

Margalida Garí Font
Decido, instantáneamente, dedicar el texto a mis padres,
pues ellos tienen la paciencia necesaria para leerme, aún sin entender nada, y torturar enseñando, con un orgullo que jamás nadie sentirá por mí, mis relatos a quienquiera que entre en sus vidas. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Pensamientos breves I

Y si callara mi voz, 
dejen que hablen mis manos y 
que escriban, con la pluma menos
literaria y poética posible,  la siguiente frase:


“Perdonen la osadía señoras y señores, solo le estoy exigiendo al silencio que grite.”

Margalida Garí Font 




domingo, 16 de marzo de 2014

No és por a la mort, és por al no viure.

                El dia, i amb ell, la vida, es despert tots els matins quan, perduts, els nostres ulls viatgen a través dels cristalls d’una finestra. Una verdor paisatgística i primaveral, típicament mallorquina, comença a realitzar els seus primers badalls somnífers i, inclòs dins un món completament informatitzat i en constant mobilització científico-tecnològica, és possible segrestar un espai atemporal  on la pau individual, la naturalesa i el cant dels ocells hi tinguin una existència real, tan lluny ja d’aquella bogeria acústica de la nova polis on ment i pensament hi estan presoners.
                Dins aquest humil, però agradable, context és on es troba una servidora, a l’espai exacte entre la línea filosòfica d’Ortega i Gasset i el punt i seguit d’una medicació endovenosa per via central, dit amb altres paraules, al Llimbs cristià.
                La posició exacte, o inexacte, de la meva ubicació, un tant metafísica si se’m permet la metàfora fàcil, és, segurament, poc important i, sens dubte, del tot irrellevant per el que vulguin ser aquestes paraules o aquest text.
                És cert, no tinc una gran experiència de la vida com per afirmar grans tesis doctorals, tampoc tinc el coeficient intel·lectual d’un Einstein, ni tant sols el d’un poeta de carrer. Tot i això, hi ha pensaments, encara que difusos, que no necessiten de molt de pa i vi per sortir a la llum. Són aquets els que, en el meu parèixer, requereixen una major atenció i anàlisi, perquè molt possiblement, la gran majoria, siguin comuns entre tu, lector, jo, narradora i qualsevol Ser racional, almenys en ment, d’aquest a divinis.
                Un d’aquets pensaments quotidià que apareix i desapareix com un llum intermitent d’un seat sis-cents gris blavós dels anys seixanta, és el gran i pertorbador tòpic de la soledat. Entenent soledat, no amb sentit negatiu al qual la història ha aconseguit degradar el terme, sinó en un sentit molt més ampli i generalitzat, molt més simple.
                A la Grècia antiga ja es feien afirmacions com ara que l’Esser humà és un esser social, que necessita de la polis, ciutat, per a viure «feliçment». Una frase tan senzilla deriva, de fet encara no hem aconseguit trobar-hi una resposta eficaç,  immediatament a una llarga cadena de complicades reflexions.  Reflexions que, sens escapen de les mans i que, tampoc, no són la finalitat d’aquest text.
                De la vida, així com de la mort em podem fer escasses afirmacions però si d’una no en podem fer cap, en el sentit absolutista de la paraula, és de la mort, concepte que ha divagat com a esclau a certes èpoques històriques, a altres ha estat sinònim de heroïcitat i que a la gran majoria de temporalitats  humanes, ha passat silenciosament com a una noció tabú i que calia, i cal, evitar per sobre de qualsevol altre «problema filosòfic».
                La pregunta és, per què? La mort no és més que  una etapa més de la vida, i per tant, del pensament humà, d’aquí la seva importància i la nostra preocupació que es perfectament traduïble, en sentit de la psicologia moderna, en un eficaç sistema d’evasió racional.
                De fet és notòria la importància existent entre una bona mort o una mort «digne» a una que es defineixi amb termes contraris. Des de el meu punt de vista és, o hauria de ser, essencial abastar aquesta realitat des de, ja no una, sinó des de totes les perspectives, precisament per poder afrontar-la, desprès d’haver extret el màxim suc a la vida, que no significa evadint la por, ja que, aquesta por, dins un Umbral més o menys controlat, és el que defineix aquesta etapa i el que la fa, en certa manera, bonica.  Però això ens torna al punt inicial d’aquest relat, la soledat.
                És comú per els temps que corren la gran diversitat de relacions socials que presumim tenir, de fet, estan perfectament gravades a les memòries virtuals de qualsevol computadora, ordinador, per els més moderns. El facebook, twiter, what’sup, són les actuals portes del paradís europeu, i nosaltres som fidels a aquesta nova religió del s. XXI, perquè, entre d’altres coses, és d’una evidència científica més que palpable, la gran diversitat d’avantatges que presenta aquesta suculent varietat informàtica. Podem parlar amb amics i amigues que estan a quilòmetres de distància, i podem accedir a qualsevol tipus d’informació amb només unes dècimes de segon, entre d’altres moltes coses. Però, no és aquest mateix factor, paradoxalment, el que, al mateix temps, incrementa aquest concepte de soledat?
                Sí, és cert, el facebook ens confirma que tenim cents d’amics, fins i tot mils, però on són aquets quan tenim un problema de veritat?On som nosaltres quan el problema ho tenen ells? Amb un e-mail tenim la gran cara dura, perquè no se m’ocorre una expressió més exacte per aquest fet, de fer tautologies tals com «t’estims» a tort i a dret, però on és la demostració i l’esforç que formen els pilars indispensables d’afirmacions d’aquest tipus? Per tant sí, els avanços tecnològics ens faciliten molt la vida però, sense un control, ens impossibiliten l’aprenentatge a estar sols, que no vol dir sentir-nos sols, sinó saber gaudir d’un espai-temps individual que serà imprescindible per encarar processos tant complexos, com ara el de la mort.
                Un conegut em va dir l’altre dia que no hi ha res més trist que morir-se sol, no volia dir-me amb això que morir-nos a una habitació d’hospital sense que la família i amics hagin tingut temps d’arribar o justament no hi siguin a aquell moment, sigui cosa catastròfica. De fet, un bon servei hospitalari és suficient perquè una persona tingui un «bon»[1] procés de fi (tot i que això és una afirmació massa problemàtica) de la vida. Tampoc em volia dir que aquesta etapa hauria de tenir lloc a l’hospital i no a la casa o a la casa i no a l’hospital, el lloc ideal és el que desitja la persona dins les possibilitats acceptables, crec que amb això hi estem d’acord la gran majoria.  El que volia fer-me entendre era que lo trist no és morir-nos sense ningú al costat sinó no tenir ningú per estar al nostre costat.
                És curiós com, moltes vegades, menys és més, perquè la sintaxi de la frase del meu conegut era més aviat senzilla, però implicava complexitat. Significant per sobre del significat, un cop més.  
                Podríem debatre hores i hores sobre el procés de mort, els desitjos que cada u aspira a tenir, el concepte de «mort ideal», però el que no podem posar en dubte és que la vida i té un paper principal a tot això. De ella dependrà molt que la soledat ens abraoni i ens imposi o que, per el contrari, ens doni l’oportunitat de convidar-la  a conèixer i a acceptar-la.
                La història i amb ella la humanitat, ens ensenya, una altre vegada, que les persones som un tot, i que dins aquest tot no només hi ha cabuda per les mateixes persones sinó que també per el món que les envolta. Necessitem als iguals per evolucionar i aprendre criteris tals com l’amistat, l’amor, l’odi (no tot el que aprenem és agradable, ni ètic o moral), etc., però també necessitem una muntanya, un camí, una pluja o veure créixer un esclata-sang d’una manera individual, personal i, fins i tot, espiritual, per poder fer un Tot integral d’aquest concepte que anomenem vida que, indiscutiblement, també ens deriva a afirmar que és part de la mort.
                Ja per acabar, no fa falta ser un gran intel·lectual per reflexionar sobre aquests conceptes, però sí fa falta tenir consciència d’un mateix, fins i tot por, per decidir  fer-ho.
 Si em preguntéssiu, cosa que sé que no fareu perquè, en el fons, aquestes paraules no són gaire efectives (no tinc l’habilitat d’Homer, per captivar les ments, que hi farem), què en penso jo, us respondria que no ho sé, i que m’espanta, d’aquí el text, reflexionar-hi. Però que si m’hagués de quedar amb una síntesi, utòpica diran alguns, sobre tot plegat, diria que tots hauríem de sentir el cant d’una cigala, l’herba sota el peu, el cafè amb una amiga (les de veritat i les que poques vegades t’escriuen al facebook perquè et truquen el timbre de casa) i l’abraçada a una mare o a un pare. Tots hauríem de saber acceptar les nostres limitacions i els nostres errors, no rectificar-los, com tants diuen, sinó aprendre a no tornar-los a fer i a valorar cada petit moment, inclòs la pujada i baixada d’un tòrax familiar (conegut) quan respira, perquè mai sabem amb una certesa científica, encara que estiguem dins un món científic, quan serà l’últim cop que podrem tornar-lo a veure. Tots hauríem de dir més «t’estims» cara a cara i mirant als ulls de l’interlocutor i escriure menys e-mails plens de paraules i buits de sentiments. I, per descomptat, tots hauríem de gaudir, almenys en petites dosis si sens fa molt incòmode, de la soledat. La real.
Deixar de tenir por a la mort, a parlar-ne i començar a tenir por de la vida, de no extreure’n del tot el suc, de perdre’ns coses d’aquesta, de, en definitiva, no viure.



Margalida Garí Font



[1] Bon aquí és sinònim de digne.

domingo, 2 de febrero de 2014

Así, sin más

Y si esto fuese un poema, y si se apagaran estas luces que no iluminan ni tu cara ni tus ojos, y si el palpar dejase de ser tan constante, y si nos atreviésemos a desparramarnos de tanto amar, y si las ruedas de este viaje se desinflaran, al fin, y pudiéramos caminar, y nos quitásemos los zapatos y empezáramos a volar, con el miedo a caernos, pero sin mirar a bajo, como los pájaros, tal cual.
Y si después cambiásemos la mirada, y nos viésemos a los dos, no nuestro físico, ni nuestro vestir, pero nos viésemos como antes jamás nos habíamos visto, porque estábamos tan ciegos, amor, tan ciegos que ni pudimos vernos. Pero si nos callásemos, sólo nos callásemos para poder escucharnos, yo te escuchara tus silencios y tú no dejaras de oír los míos. ¡Nunca habríamos conversado tan extensamente!
Y si paseases conmigo, si pudieras ver este paisaje, este sol y este árbol, si yo pudiera enseñarte como son, y si tu pudieras guardarlos en tus recuerdos, no en el pasado, que se quedasen los recuerdos eternamente en el presente, como esos cuadros de Miguel Ángel que se pintaron ya tiesos para siempre, y siempre nos lo demuestran erizándonos la piel, sin entenderlos, pero traspasándonos.
Y si lográsemos nadar tan profundo que alcanzásemos el centro de la tierra y tomásemos su calor en nuestros rostros, huyendo tan desesperadamente del frío que nos causamos, últimamente, ya tantas veces. Y si dejaras de pensar, del mismo modo que yo he dejado de hacerlo, y si bailásemos un vals en el no pensamiento, ¿quién nos regalaría otra canción?
Y si estas palabras fueran muriéndose poco a poco, así como morirá un día lo que sentimos, y si no te dijeran nada, y si no transmitieran, y su aurora fuese transparente, casi invisible, más suave que la seda de la más exquisita lencería. ¿Acaso no dispararías primero al criminal que permitió que el fuego se extinguiera en nuestros corazones? ¿No correrías hasta perder todo el aire y concentrar toda la energía muscular que te quedara para alcanzarle y dispararle sin, ni tan siquiera, pedirle explicaciones? ¿Acaso no serías tú también asesino si fuese tu corazón el rehén que estuviera sobre la mesa de intercambios inoportunos?  

Y, tan sencillamente,  si esto no fuese un poema, quizás, y solo quizás,  lográsemos verlo como uno, así, sin más. 


Margalida Garí Font