jueves, 3 de julio de 2014

La Mona

                A la Mona al café recién hecho de la mañana siempre se le quedaba el sabor dulce. A veces sin azúcar el café de la Mona era tan dulce que hasta amargaba los buenos días de la vecina fisgona de enfrente. En esos días la Mona tenía por costumbre hacer más café, y hacerlo doble. Se decía que quería comprobar si con el café lograría edulcorar el corazón podrido de la de enfrente. Y a veces lo conseguía. 
                La Mona era una mujer fuerte, la vida la había hecho así. Trabajaba, hacía la casa, mantenía a sus hijos y se ocupaba, junto a sus hermanos, de sus padres. La Mona nunca pedía nada a cambio, pero al parecer el dinero brillaba por su ausencia, aunque ella era una mujer sencilla, sintiéndose naufragando entre hipotecas y cotidianidad. A la Mona le hubiera gustado ser cocinera, esteticista o maquilladora. Pero la Mona era camarera y la Mona era limpiadora. Nunca los sueños le habían salido tan caros. A pesar de eso, la Mona luchaba para ser una gran camarera y la Mona luchaba para ser una excelente limpiadora. Ella era así, luchadora por naturaleza.
                Sin embargo, si había algo que fosforecía aparatosamente en la Mona, era, sin duda, su corazón. Su marido, otro humilde caballero que vivía entre mecánica y animales, aseguraba que en el corazón de su esposa había cabida hasta para los que no tendrían que tener cabida. Lo que en otras palabras equivaldría a un corazón con potente infinitud dimensional. Un agujero negro de amor, como decía el marido de la Mona.
                En los últimos tiempos la Mona se había deteriorado un poco por los años, otro poco por el estrés (enfermedad muy común en la sociedad moderna) y un último poco por el café cada vez menos dulce de las mañanas. Los primeros síntomas de dicha evolución no se percataban al principio como algo anormal. Eran, para la Mona, detalles pasajeros traducidos a caída de cabello, blancura en la piel, pigmentación rosada con acné de adolescente, dolor cervical y de cabeza y, por supuesto, un café amargado que hasta amargaba el corazón infinito de la Mona.


                Con el tiempo, los síntomas se agravaron y el doctor Velázquez, un intelectual que se había sacado el doctorado, así como su vida, entre nueves y matrículas de honor pero que tenía un cero, ni siquiera suspenso, en humanidad, le diagnosticó Cáncer de amor a la Mona. En palabras del doctor, “su corazón sufre lo que en medicina se llama una disfunción severa de ambos ventrículos que se irradia por toda la superficie del corazón y afecta a la circulación global de su organismo”. Lo que el doctor no supo decirle a la Mona, porque ni él lo sabía, era que aunque se viera con cierta afectación miocardica si éste era infinito no se le podría anular completamente, sobre todo si se luchaba para evitarlo.
                Para los ignorantes en estas cosas, en el grupo en el que me incluyo a mí misma, el Cáncer de corazón es uno de esos que nadie desearía tener, con fuertes derivaciones a la tristeza, a los sueños perdidos y a la gran batalla que supone tener que endulzar el café con un corazón amargo. Es conocido por el nombre científico de Cancerus amorosus. La Mona decía que el nombre solo dice lo que uno lee pero que el significado implicaba querer entender lo que uno lee. La Mona entendía de casi todo y por eso ella aseguraba que no sabía nada. La verdad es que la Mona sabía mucho de lo que había que saber. Y sabia que el Cancerus amorosus no sería una batallita más en su historia de mujer, más bien sería la gran batalla.
                Para paliar el cáncer la Mona se paró un día el reloj de muñeca y se sentó a escribir diagnósticos e intervenciones que ella misma iba a llevar a cabo. En resumidas cuentas, la Mona se había propuesto ser su propia doctora y encontrar ella misma su cura. A todo esto, cabe mencionarlo, el cáncer iba avanzando.
                La lista de la Mona iba de lo más importante a lo menos importante pero igualmente esencial para su curación. Era una lista sencilla, con faltas de ortografía porque ella era una mujer con pocos estudios académicos y con muchos estudios vitales. La lista de la Mona iba del uno al diez y si con ello no conseguía el remedio de su cáncer pondría tantos números en su lista como su corazón le exigiera. De momento la Mona decía a sus amigos y a la vecina fisgona de enfrente que ella estaba luchando y que no necesitaba la compasión de nadie porque la lucha con compasión no tenía por frecuencia salir satisfactoriamente, según la Mona. Sin embargo sí necesitaba su apoyo para que sus diez o más puntos de la lista le dieran buenos resultados.
Lista contra el Cáncer de Corazón:
(Según el doctor Velázquez, Cancerus amorosus)
1.       Decir a mis padres que les quiero y que sus nietos les necesitan aún con ellos.
2.       Decir a mis padres que aunque parezca mayor y madre a veces soy pequeña y necesito la mía.
3.       Abrazar a mis hijas y darles aliento en el desamor y fuerza en el amor y en la vida, que aunque no siempre se vea, también es amor.
4.       Apoyar mi cabeza en el hombro de mi marido y comentarle que en los casi treinta años de matrimonio que llevamos, y aunque ya sean inhabituales mis muestras de cariño hacia él, le sigo amando como el día que le vi en el pub del pueblo con la camisa verde y el pantalón vaquero.
5.       Ir a caminar por la isla para pensar, recordar y añorar. Eso alivia el corazón de cargas.
6.       Volver a la playa con mis hijos sin esperar que ellos, por enésima vez, me lo pidan.
7.       Quedar con mis amigas para cenar, las de toda la vida, para hablar, hacer del vino nostalgia y volver a tener veinte años.
8.       Empezar a escribir los sentimientos que me amargan el café de la mañana para poder sacarlos fuera y endulzar el cáncer.
9.       Volver a sonreír, aun no teniendo por qué.
10.   Empezar a quererme a mí. Nota: Este punto no sé cómo llevarlo a cabo, tengo la esperanza que al llegar a él ya estaré en conocimiento de causa.

La Mona, según el doctor, es un caso inusual en la medicina, tendría que haber decaído hace ya tiempo y sin embargo, parece relucir un poco más cada día. El doctor no sabe nada de la lista que cura a la Mona. El doctor le sugiere a su paciente múltiples tratamientos que ella rechaza argumentando encontrarse un poco mejor pero gracias. La lista de la Mona ya fue completada hace años, su aumento sigue creciendo cada día y dice la vecina fisgona que el número mil seis empieza a asomarse en el libro contra el cáncer que la Mona ha decidido publicar cuando fallezca. De momento la editorial que aceptó el negoció tiene sospechas de haber hecho una muy mala inversión. La Mona no parece tener la disponibilidad de publicarlo en los próximos años. Según la Mona lo publicará poco antes de morir. La Mona dice que las personas, si no morimos de accidente, sabemos más o menos que nos estamos muriendo y que eso no es malo porque una vida sin muerte no tendría la riqueza de querer extraerlo todo de todos los días, bueno y malo y de llevarse la certeza de haber vivido al lecho de muerte. La Mona, sin embargo, ya ha advertido a la editorial que el cáncer no será la causa de su muerte porque ella tiene la cura de su enfermedad, pero que de la vejez nadie tiene la cura, ni siquiera las grandes cosméticas, así que cuando esté completamente curada y solo necesite la paz de su gente cercana y el amor de su familia porque la vejez empiece a asomarse, entregará su obra a la editorial y ayudará a curar el Cáncer de corazón de todo aquel que lo padezca aun sin que el doctor Velázquez se los haya diagnosticado.
La Mona es una luchadora, es una mujer fuerte porque la vida la ha hecho fuerte, es trabajadora, cuidadora de su hogar,  camarera y limpiadora. La Mona puede ser albañil, ministra, secretaria, profesora, estudiante, juez, socorrista, camello, prostituta, bibliotecaria, enfermera, cuentista, dama de casa, espía secreta, notaria, enterradora, cirujana, amante…La Mona puede ser cualquier Mona, pero la Mona tiene la cura del Cáncer de corazón, y eso, no es algo de lo que podamos presumir todos.
La Mona, sobretodo, tiene un corazón con cáncer que es un agujero negro de amor y ese amor es lo que la guarece de su propia enfermedad.

Margalida Garí Font,
Dedicado a todas las mujeres Mona del mundo, pero en especial a mi madre,
mi Mona por excelencia, y a mi Madrina,
mi Mona más hermosa por dentro y por fuera. 

viernes, 27 de junio de 2014

Un amor una papallona

Mai no serem de la reialesa encara que tinguem milions d’abraçades.
Mai no gaudirem d’eternitat, encara que viurem sense el temps.
Mai no tocarem el Sol però potser una besada ens doni la mateixa escalfor.
Mai no anirem a veure un ós polar, tot i així, sentirem el fred glacial d’una pèrdua estimada.
Mai no serem només nosaltres, però SEMPRE tindrem l’opció d’aspirar a ser únics i, sobretot, a sentir-nos únics.
Perquè només es senten papallones en comptades ocasions i intentem, boja i inútilment, atrapar-les. Fins que un dia deixem de fer-ho i les papallones decideixen quedar-se.


Sorprenentment. 






Margalida Garí Font,
    encara que els amors canviïn,  tots tenen el punt comú d'un horabaixa de papallones. 

sábado, 7 de junio de 2014

Xinoxano

                Físicament, les respiracions van anar transformant-se i cada cop semblaven més accelerades. El cos, pobre, estava en període d’adaptació. Anava tirant, com es sol dir quan alguna cosa no va del tot bé però tampoc va malament. Els muscles dels membres inferiors seguien a la perfecció la seva sincronia de flexió-extensió a cada nova trepitjada i els braços, esclaus com sempre de les cames, perseguien la melodia celestial sense, ni tan sols, tenir certesa de que aquest tipus d’esforços anaven seguits de recompenses divines. Amb poques paraules, tot estava en sintonia. Tot just s’havia començat a moure l’estructura corporal i encara es podia palpar el rovell dels primers minuts en que tardava l’organisme a adaptar-se però, de moment, aquest semblava respondre, i cal dir que no sempre era així.
                Mentalment, encara estava fresc. Tot un roure! Deien alguns. Inhumà, responia la majoria. Un boig!Li havia dit la mare. Un cabró, els seus amics. I ell, què en pensava? Doncs ell pensava que córrer el permetia transportar on un volgués, sempre que volgués. Presumia, després d’alguna cursa llarga, de que mentre els seus peus trepitjaven la Tramuntana el seu cap perseguia un àngel que s’amagava a la cima de la primera muntanya, que era perseguit i havia d’afanyar-se fins a la segona o que, ell era el perseguidor i el perseguit es trobava a la tercera cima. Mentalment podia haver estat qualsevol cosa. Ho era, i ell ho sabia.  
                A vegades  a la seva xicota àrab, li hauria agradat poder compartir aquests moments amb ell, formar-hi part d’alguna manera perquè sentia, que se li escapaven fragments del seu amor. Però, en el fons, també entenia que eren assumptes íntims entre ell i la Mare Terra o entre ell i qui sap què. Ell era bell per fora perquè per dins era transparent, encara que tractés de ser opac la major part del seu temps. L’àrab veia aquest tipus de coses. Una hippie que no aterrava del món del yupi!
                L’enciclopèdia mental del noi era extensa, un passatemps d’aquells d’haver de treure-li tot el suc a la taronja cerebral. Deien els més propers que abastava des de Constantinoble al Pol Sud i, que a vegades, se l’havia vist temptar a la superfície lunar. Tot un personatge! I tot un tros de pa, això si, tossut com un cabrit i de la canalla perfeccionista siberiana. D’aquells que més d’un cop, optés per fer veure que t’és indiferent perquè tens ben clar que, diguis el que diguis, ell també actuarà com voldrà. En definitiva, un altre hippie!
                Passat el quilòmetre nou, es començava a sentir millor, més adaptat. Però no era fins el catorze que no es sentia completament actiu. El massai mallorquí, havien conclòs un vespre d’estiu.
                La suor, juntament amb la sal, feien una barreja viscosa que li anava des de el front fins a la punta d’ambdós peus. Tot un panorama! Hauria dit l’àvia d’haver-lo vist amb aquelles pintes. Al seu temps córrer era estrany, córrer per muntanya un desbarat i córrer més de 10 quilòmetres un suïcidi. La mataria d’un disgust! Ella li deia, repetidament.


                El pitjor, perquè en aquest tipus d’actuacions, sempre hi ha alguna cosa pitjor que altre, era la part nutritiva. Un suspens dels grans en matemàtiques: “Si,si, senyora Patricia, el seu fill serà un esplèndid poeta però un pèssim contable.”- Li havia anunciat el dia de final de curs el professor Grimalt a la mare del noi. Ell, ingenu i innocent com era a aquell moment, no n’havia fet cas.  
                Ara, anys més tard, les matemàtiques seguien jugant-li males passades. Els valors nutritius d’ingesta i demanda de la seva màquina corporal sofrien el que en medicina s’anomena un balanç negatiu. És a dir, insuficient aportament nutritiu per la despesa soferta. Amb altres paraules, l’esport a alta intensitat l’impedia ingerir aliments. Com a conseqüència, al quilòmetre seixanta el malestar ja era d’allò més intens i al quilòmetre setanta-dos el noi anava perseguint el vint-i-cinquè àngel paradisíac i fugia de tres mil monstres blaus per aconseguir continuar endavant. Un problema que encara no havia aconseguit superar. Allò dit, tot un poeta!
                En quan als utensilis era més aviat humil. Un pobre per alguns, un “xinoxano” per els altres, i un naturalista per els més historiadors. Però per dur a terme la seva missió necessitava la complexa indumentària d’unes esportives, una ampolla d’aigua, aliments (a pesar de les matemàtiques) i uns pantalons elàstics. Res de grans empreses i alta tecnologia, múltiples pastilles i pastes o tres models de sabates.  I d’aquesta manera es carregava a l’esquena cent quilòmetres com qui fa un passeig pel barri de Gràcia barceloní. Repeteixo, un hippie!
                Si un es posa a analitzar-ho tot plegat, arriba a la conlusió de que, més d’un cop, etiquetem a les persones per el que fan, com actuen o la seva manera de vestir, perquè, simplement, és, pensa o actua diferent a nosaltres i tenim la certesa, tot i que no gaudim de demostració científica, de que la nostra visió és la certa i l’altre l’errònia.
                Jo, des de, ara si, el meu punt de vista, no sé molt bé el que és correcte o no, i crec recordar que, els darrers apunts d’Ètica i Legislació que vaig estudiar tenien controvèrsies respecte múltiples situacions i comportaments. Perquè som humans, i som complexes. Però hi ha una cosa que sí sé:
Només quan corres sol per la muntanya saps el que és sentir els batecs del teu cor amb sintonia amb les fulles dels arbres. Què si et trobes a algú més en el teu camí, no l’insultés o el crides com, sí es veu, a altres esports, sinó que el saludes i somrius perquè saps el que sent aquell desconegut i ell sap el que sents tu. Que les curses no son competicions, son actes socials que, més d’un cop, fan emocionar i abraçar algú que no havies vist mai però que ha patit cada gota de suor, igual que tu. Que anar a córrer amb companyia és una molt bona manera de conèixer algú íntimament i de construir grans amistats.  I, sobretot sé, que en algun moment d’aquest procés, quan ja hi dus un cert rodatge, arribes a fregar l’àngel de la cima i a trepitjar la superfície lunar.

A en Joan, perquè m’ha ensenyat a volar.  



Margalida Garí Font

jueves, 1 de mayo de 2014

Las perseguidoras del pensamiento

                Tuve durante un tiempo lo suficientemente largo como para olvidarme de su dimensión real, la sospecha de que las palabras persiguen nuestro pensamiento. Con los años, que no han sido muchos, una empieza a tener otro tipo de sospechas, menos significativas y también, menos poéticas. Y al final, curiosamente, se acaba por resignar una misma, en tener tendencia a la sospecha generalizada.  
                Hay días, posiblemente días como el de hoy, que el romanticismo se sobrepone a lo que tradicionalmente llamamos “sentido común”, entonces la divagación es exagerada y se halla una conversión vergonzosa del nada vale por el todo vale. Una poesía “pastelito” inunda los más ocultos circuitos neuronales haciendo de la mediocridad poema y del poema himno patriarcal. Nunca habría existido el valle de lágrimas español si la iluminación no hubiera penetrado aquellos versos que se encaraban al Sol.
 ¿Cómo pudimos favorecer tales cantidades de azúcar en nuestro bagaje cultural?
Así nos hallamos aún en estos días, padeciendo las cenizas de una diabetes crónica que, mucho me temo, sigue vigente con altas dosis de medicación para ocultar los signos de la enfermedad. ¿No nos advirtieron acaso los más intelectuales de los errores de la historia? ¿No nos advirtió la literatura de la perpendicularidad que existe entre las mismas situaciones aún encontrándose en diferentes contextos socioculturales?
                Hoy, todavía, nos defendemos ante aquellos que promulgan lo contrario a nuestro modo de pensar, sin embargo, ya no nos paramos a escuchar sus argumentos, es, en todo caso, una defensa hueca. Hasta nuestro pensar es cada vez más hueco, académicamente hablando, pues no está vacío, rebosa a ideas económicas, a siglo XXI, a materialismo, a necesidades nada necesarias, a egoísmo, a vestidos caros y cenas lujosas, a deshumanización y a reality show americano. “Emito mis alaridos por los techos de este mundo, dice el poeta” (W.Whitman). Viajamos para escapar de un entorno que no vemos y desconectar de unas personas que no escuchamos para pararnos ante una naturaleza que no oímos. E allí la paradoja de nuestro tiempo, que nos encontramos, supuestos a hacer algo, completamente perdidos. Lo triste es, y de allí mis sospechas en estos días fúnebres, que no pretendemos, en absoluto, traspasar dicha situación. Destrozamos el Muro de Berlín entre Alemania y Rusia y lo reconstruimos entre nuestro corazón y el corazón del mundo, con las fuerzas finales nos atrevimos aun, a duplicar la Muralla China rodeando nuestro cerebro. El resultado ha sido rápido, eficaz, y nicotínico: un pastelito romántico que nos engorda diariamente de ignorancia y de falsos profetas. ¡Oh, sí un Dios nos juzgase de nuevo!
                Y sin embargo, insisto, mi corazón se niega a hacer tales prejuicios, aún siendo éstos de una evidencia abrumadora, él perdura en el mantenimiento de la esperanza como quien mantiene un corderito para que sobreviva hasta Navidad.


                Iniciaba yo este texto, argumentando que hubo un tiempo en que sospechaba que las palabras nos persiguen, más que a nosotros al pensamiento, pero siendo nosotros mayoritariamente pensamiento tampoco es descabellada la afirmación. Déjenme que me  extienda yo en esta tesis, pues tengo la certeza de que no hay que balbucear palabras solamente sino que hay que ser consecuente con lo que uno dice e intentar sobrellevar un relato coherente.
                Mi memoria va desde el primer recuerdo que almaceno en ella hasta el momento en que escribo esta palabra. Sin embargo solo me es posible expresar dichos pensamientos mediante el arte de la palabrería, ya sea oral o escrita, y mucho me temo, que se requiere un esfuerzo mayor para concebir un mundo humano sin que en él se contengan los vocablos. Dicho en otras palabras, la humanidad necesita del lenguaje para ser, en cualquier que sea su formato, y el lenguaje si es, es gracias a la existencia humana. Consecuentemente, en cuanto se intenta concebir el mundo absteniéndose del uso de la lengua, ésta inmediatamente acude a saquear nuestro pensamiento demostrándonos que sin palabra no es posible concepción alguna. La palabra es el límite de nuestro pensamiento y el pensamiento tiene el límite de la palabra.  
                Evidentemente, éste con los años, como decía yo al inicio, se convierte en un callejón sin salida que nos entumece y preocupa más que aclarecer por lo que una acaba por desentenderse de él y fingir que es una de las tantas preguntas filosóficas que si por algo se define es por no tener respuesta, al menos, todavía.  

Margalida Garí Font
Decido, instantáneamente, dedicar el texto a mis padres,
pues ellos tienen la paciencia necesaria para leerme, aún sin entender nada, y torturar enseñando, con un orgullo que jamás nadie sentirá por mí, mis relatos a quienquiera que entre en sus vidas. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Pensamientos breves I

Y si callara mi voz
dejen que hablen mis manos
que escriban, con la pluma menos
literaria y poética posible,  la siguiente frase:


Perdonen la osadía señoras y señores, solo le estoy exigiendo al silencio que grite.”

Margalida Garí Font 




domingo, 16 de marzo de 2014

No és por a la mort, és por al no viure.

                El dia, i amb ell, la vida, es despert tots els matins quan, perduts, els nostres ulls viatgen a través dels cristalls d’una finestra. Una verdor paisatgística i primaveral, típicament mallorquina, comença a realitzar els seus primers badalls somnífers i, inclòs dins un món completament informatitzat i en constant mobilització científico-tecnològica, és possible segrestar un espai atemporal  on la pau individual, la naturalesa i el cant dels ocells hi tinguin una existència real, tan lluny ja d’aquella bogeria acústica de la nova polis on ment i pensament hi estan presoners.
                Dins aquest humil, però agradable, context és on es troba una servidora, a l’espai exacte entre la línea filosòfica d’Ortega i Gasset i el punt i seguit d’una medicació endovenosa per via central, dit amb altres paraules, al Llimbs cristià.
                La posició exacte, o inexacte, de la meva ubicació, un tant metafísica si se’m permet la metàfora fàcil, és, segurament, poc important i, sens dubte, del tot irrellevant per el que vulguin ser aquestes paraules o aquest text.
                És cert, no tinc una gran experiència de la vida com per afirmar grans tesis doctorals, tampoc tinc el coeficient intel·lectual d’un Einstein, ni tant sols el d’un poeta de carrer. Tot i això, hi ha pensaments, encara que difusos, que no necessiten de molt de pa i vi per sortir a la llum. Són aquets els que, en el meu parèixer, requereixen una major atenció i anàlisi, perquè molt possiblement, la gran majoria, siguin comuns entre tu, lector, jo, narradora i qualsevol Ser racional, almenys en ment, d’aquest a divinis.
                Un d’aquets pensaments quotidià que apareix i desapareix com un llum intermitent d’un seat sis-cents gris blavós dels anys seixanta, és el gran i pertorbador tòpic de la soledat. Entenent soledat, no amb sentit negatiu al qual la història ha aconseguit degradar el terme, sinó en un sentit molt més ampli i generalitzat, molt més simple.
                A la Grècia antiga ja es feien afirmacions com ara que l’Esser humà és un esser social, que necessita de la polis, ciutat, per a viure «feliçment». Una frase tan senzilla deriva, de fet encara no hem aconseguit trobar-hi una resposta eficaç,  immediatament a una llarga cadena de complicades reflexions.  Reflexions que, sens escapen de les mans i que, tampoc, no són la finalitat d’aquest text.
                De la vida, així com de la mort em podem fer escasses afirmacions però si d’una no en podem fer cap, en el sentit absolutista de la paraula, és de la mort, concepte que ha divagat com a esclau a certes èpoques històriques, a altres ha estat sinònim de heroïcitat i que a la gran majoria de temporalitats  humanes, ha passat silenciosament com a una noció tabú i que calia, i cal, evitar per sobre de qualsevol altre «problema filosòfic».
                La pregunta és, per què? La mort no és més que  una etapa més de la vida, i per tant, del pensament humà, d’aquí la seva importància i la nostra preocupació que es perfectament traduïble, en sentit de la psicologia moderna, en un eficaç sistema d’evasió racional.
                De fet és notòria la importància existent entre una bona mort o una mort «digne» a una que es defineixi amb termes contraris. Des de el meu punt de vista és, o hauria de ser, essencial abastar aquesta realitat des de, ja no una, sinó des de totes les perspectives, precisament per poder afrontar-la, desprès d’haver extret el màxim suc a la vida, que no significa evadint la por, ja que, aquesta por, dins un Umbral més o menys controlat, és el que defineix aquesta etapa i el que la fa, en certa manera, bonica.  Però això ens torna al punt inicial d’aquest relat, la soledat.
                És comú per els temps que corren la gran diversitat de relacions socials que presumim tenir, de fet, estan perfectament gravades a les memòries virtuals de qualsevol computadora, ordinador, per els més moderns. El facebook, twiter, what’sup, són les actuals portes del paradís europeu, i nosaltres som fidels a aquesta nova religió del s. XXI, perquè, entre d’altres coses, és d’una evidència científica més que palpable, la gran diversitat d’avantatges que presenta aquesta suculent varietat informàtica. Podem parlar amb amics i amigues que estan a quilòmetres de distància, i podem accedir a qualsevol tipus d’informació amb només unes dècimes de segon, entre d’altres moltes coses. Però, no és aquest mateix factor, paradoxalment, el que, al mateix temps, incrementa aquest concepte de soledat?
                Sí, és cert, el facebook ens confirma que tenim cents d’amics, fins i tot mils, però on són aquets quan tenim un problema de veritat?On som nosaltres quan el problema ho tenen ells? Amb un e-mail tenim la gran cara dura, perquè no se m’ocorre una expressió més exacte per aquest fet, de fer tautologies tals com «t’estims» a tort i a dret, però on és la demostració i l’esforç que formen els pilars indispensables d’afirmacions d’aquest tipus? Per tant sí, els avanços tecnològics ens faciliten molt la vida però, sense un control, ens impossibiliten l’aprenentatge a estar sols, que no vol dir sentir-nos sols, sinó saber gaudir d’un espai-temps individual que serà imprescindible per encarar processos tant complexos, com ara el de la mort.
                Un conegut em va dir l’altre dia que no hi ha res més trist que morir-se sol, no volia dir-me amb això que morir-nos a una habitació d’hospital sense que la família i amics hagin tingut temps d’arribar o justament no hi siguin a aquell moment, sigui cosa catastròfica. De fet, un bon servei hospitalari és suficient perquè una persona tingui un «bon»[1] procés de fi (tot i que això és una afirmació massa problemàtica) de la vida. Tampoc em volia dir que aquesta etapa hauria de tenir lloc a l’hospital i no a la casa o a la casa i no a l’hospital, el lloc ideal és el que desitja la persona dins les possibilitats acceptables, crec que amb això hi estem d’acord la gran majoria.  El que volia fer-me entendre era que lo trist no és morir-nos sense ningú al costat sinó no tenir ningú per estar al nostre costat.
                És curiós com, moltes vegades, menys és més, perquè la sintaxi de la frase del meu conegut era més aviat senzilla, però implicava complexitat. Significant per sobre del significat, un cop més.  
                Podríem debatre hores i hores sobre el procés de mort, els desitjos que cada u aspira a tenir, el concepte de «mort ideal», però el que no podem posar en dubte és que la vida i té un paper principal a tot això. De ella dependrà molt que la soledat ens abraoni i ens imposi o que, per el contrari, ens doni l’oportunitat de convidar-la  a conèixer i a acceptar-la.
                La història i amb ella la humanitat, ens ensenya, una altre vegada, que les persones som un tot, i que dins aquest tot no només hi ha cabuda per les mateixes persones sinó que també per el món que les envolta. Necessitem als iguals per evolucionar i aprendre criteris tals com l’amistat, l’amor, l’odi (no tot el que aprenem és agradable, ni ètic o moral), etc., però també necessitem una muntanya, un camí, una pluja o veure créixer un esclata-sang d’una manera individual, personal i, fins i tot, espiritual, per poder fer un Tot integral d’aquest concepte que anomenem vida que, indiscutiblement, també ens deriva a afirmar que és part de la mort.
                Ja per acabar, no fa falta ser un gran intel·lectual per reflexionar sobre aquests conceptes, però sí fa falta tenir consciència d’un mateix, fins i tot por, per decidir  fer-ho.
 Si em preguntéssiu, cosa que sé que no fareu perquè, en el fons, aquestes paraules no són gaire efectives (no tinc l’habilitat d’Homer, per captivar les ments, que hi farem), què en penso jo, us respondria que no ho sé, i que m’espanta, d’aquí el text, reflexionar-hi. Però que si m’hagués de quedar amb una síntesi, utòpica diran alguns, sobre tot plegat, diria que tots hauríem de sentir el cant d’una cigala, l’herba sota el peu, el cafè amb una amiga (les de veritat i les que poques vegades t’escriuen al facebook perquè et truquen el timbre de casa) i l’abraçada a una mare o a un pare. Tots hauríem de saber acceptar les nostres limitacions i els nostres errors, no rectificar-los, com tants diuen, sinó aprendre a no tornar-los a fer i a valorar cada petit moment, inclòs la pujada i baixada d’un tòrax familiar (conegut) quan respira, perquè mai sabem amb una certesa científica, encara que estiguem dins un món científic, quan serà l’últim cop que podrem tornar-lo a veure. Tots hauríem de dir més «t’estims» cara a cara i mirant als ulls de l’interlocutor i escriure menys e-mails plens de paraules i buits de sentiments. I, per descomptat, tots hauríem de gaudir, almenys en petites dosis si sens fa molt incòmode, de la soledat. La real.
Deixar de tenir por a la mort, a parlar-ne i començar a tenir por de la vida, de no extreure’n del tot el suc, de perdre’ns coses d’aquesta, de, en definitiva, no viure.



Margalida Garí Font



[1] Bon aquí és sinònim de digne.

domingo, 2 de febrero de 2014

Así, sin más

Y si esto fuese un poema, y si se apagaran estas luces que no iluminan ni tu cara ni tus ojos, y si el palpar dejase de ser tan constante, y si nos atreviésemos a desparramarnos de tanto amar, y si las ruedas de este viaje se desinflaran, al fin, y pudiéramos caminar, y nos quitásemos los zapatos y empezáramos a volar, con el miedo a caernos, pero sin mirar a bajo, como los pájaros, tal cual.
Y si después cambiásemos la mirada, y nos viésemos a los dos, no nuestro físico, ni nuestro vestir, pero nos viésemos como antes jamás nos habíamos visto, porque estábamos tan ciegos, amor, tan ciegos que ni pudimos vernos. Pero si nos callásemos, sólo nos callásemos para poder escucharnos, yo te escuchara tus silencios y tú no dejaras de oír los míos. ¡Nunca habríamos conversado tan extensamente!
Y si paseases conmigo, si pudieras ver este paisaje, este sol y este árbol, si yo pudiera enseñarte como son, y si tu pudieras guardarlos en tus recuerdos, no en el pasado, que se quedasen los recuerdos eternamente en el presente, como esos cuadros de Miguel Ángel que se pintaron ya tiesos para siempre, y siempre nos lo demuestran erizándonos la piel, sin entenderlos, pero traspasándonos.
Y si lográsemos nadar tan profundo que alcanzásemos el centro de la tierra y tomásemos su calor en nuestros rostros, huyendo tan desesperadamente del frío que nos causamos, últimamente, ya tantas veces. Y si dejaras de pensar, del mismo modo que yo he dejado de hacerlo, y si bailásemos un vals en el no pensamiento, ¿quién nos regalaría otra canción?
Y si estas palabras fueran muriéndose poco a poco, así como morirá un día lo que sentimos, y si no te dijeran nada, y si no transmitieran, y su aurora fuese transparente, casi invisible, más suave que la seda de la más exquisita lencería. ¿Acaso no dispararías primero al criminal que permitió que el fuego se extinguiera en nuestros corazones? ¿No correrías hasta perder todo el aire y concentrar toda la energía muscular que te quedara para alcanzarle y dispararle sin, ni tan siquiera, pedirle explicaciones? ¿Acaso no serías tú también asesino si fuese tu corazón el rehén que estuviera sobre la mesa de intercambios inoportunos?  

Y, tan sencillamente,  si esto no fuese un poema, quizás, y solo quizás,  lográsemos verlo como uno, así, sin más


Margalida Garí Font

domingo, 26 de enero de 2014

Sí i no

que ens sentim petits, no invisibles,
que perdem el Nord, no les passes,
que reivindiquem quelcom incert, no innecessari,
que bussejem dins copes de champagne d’imitació francesa, no dins copes de vi rosat picat,
que ens pensem ser la personificació heroica d’Itaca, no herois,
que tinguem besades d’amor, no que tinguem l’amor,
que els dits escriuen grans relats, no els únics, ni els primers,
que el mar és un bressol ple d’escuma, no que sempre ens faci abaixar el plor,
que el viatge sigui per senders indescriptibles, d’altres una mica abruptes, no que tot siguin camins,
que el somni vengui a substituir la vigília, no la temor a les hores fosques,
que l’ànima s’enamori d’allò material, no que tinguem ànima; i menys, matèria,
 que els teus ulls abastin llibres sencers, no que els transformin amb tanta freqüència en visualització cineasta,
 que el temps no recordi quina hora és, no que no tinguem temps, ni espai. Perdríem  el Ser,
 que les taronges pareixin pomes, no que ho siguin,
 que la saviesa ens impregni la ment, no que siguem savis,
 que les melodies uneixin fronteres, no que les disgreguin les ideologies musicals,
 que el sol desperti a la lluna, no que li produeixi insomni,
 que les paraules, a vegades, es presentin pobres, no que no es presentin,
 que el cor ens expliqui el preu d’un batec, no a la certesa de que això ens etiqueti amb el nom de “rics”,
 que la incertesa ens causi respecte, no que ens causi por,
 que la vida i la mort siguin quatre lletres i un mateix concepte, no que siguin rivals eterns,
 que els ulls siguin un mirall del sentits i el pensament, no que siguin un obstacle,
 que les espurnes il·luminin els més obscurs recons, no que ens cremin la visió,
Sí que l’oratge ens mostri el fred, no que ens el causi,
 que ni una frase, ni un vers, ni un poema, ens pugui revelar el secret de la nostra existència, no que no es postuli la possibilitat d’aquest secret,
 que ens estimem, no que creiem dependència,
I ara, per acabar com els cargols, a l’inversa,

No que les pintures posseeixin colors però que ens convidin a veure aquest quadre.




Margaliga Garí Font, 
Art, Literatura i pensament, això és l'humà

martes, 14 de enero de 2014

Esperanza

No, jamás he presumido de ser escueta en mis preferencias, ni siquiera podría permitirme semejante lujo, pero, y a raíz de múltiples lecturas de gran diversidades temáticas, me veo con la obligación de renunciar, con crítica intelectual evidentemente, a una concepción de la realidad como algo verdadero.
            Quizás, y eso es certeza, el origen de mis sospechas tuvo lugar, ya por aquel tiempo de gran viscosidad, cuando, entre tantos otros textos, cayó en mis manos una especie de relato ficticio según el autor, de «fíctiacidad» discutible según una servidora, que versaba sobre la realidad percibida por los sentidos, exponiendo, de una manera demasiado poética, dicho sea de paso, que las percepciones individuales son directamente proporcionales al estado emocional de dicho individuo. Es decir, las vivencias de cada uno influyen notoriamente al modo de sentir y enfocar distintas situaciones. Siendo también de gran interés puntualizar, ya como fin del poema, que la soledad es la gran distorsionadora, término discutible por otro lado, de los sentidos.
            Un pensar de ese calibre se encontraba en mis manos justo en el momento del descanso intelectual, entre la manzana de la media mañana (que conste que no es casual que sea una manzana, y no un pomelo, lo que me disponía a devorar a modo de provocación  y teológica) y el té hindú del después. Fue entonces, y no antes, cuando me percaté de la parte sarcástica del mensaje; no es que, en realidad, la mente o, si así lo prefiere el lector, el pensamiento humano, sea esclavo del propio individuo de modo que esté sometido, imperturbablemente, al sentir de éste, sino que, y esa es la mejor parte del lenguaje subliminar, el individuo es, indudablemente, el esclavo de su propia mente, de allí que cuando ésta decide imponerse a la razón general se vea desplazado en forma de espiral hacia el lugar dónde, la misma razón, decida. Una jugada brillante, de eso no cabe la menor duda.
            Aún así, es fácilmente criticable el hecho de que dentro de tanto tecnicismo, no se dice, en verdad, nada nuevo. Cierto porque, no es esa, sino otra muy distinta, la intención.  
            Las personas presumimos, al más puro estilo griego, de ser seres sociables. Tal argumento ha sido duramente criticado y puesto en duda por múltiples pensadores pero ni uno solo ha sido capaz de demostrar, ya  desde la primera tesis platónica, su falsedad. Y, de hecho, todo aquel que lo ha intentado, ha terminado por aceptar su fracaso. Inminente, por cierto.
Todos esos pensamientos iban persiguiéndome como el león a la gacela, cuando me surgió una duda de lo más molesta, ¿Es el humano un Ser social porqué quiere el reconocimiento, sea del tipo que sea, de la misma multitud? ¿Fama? ¿O, y esa, es mi propia versión poética (que le vamos a hacer, una es hija de un contexto), anhela, ya como un suspiro utópico, algo así como un encuentro amoroso? Entiéndase amor como cualquier relación efectiva entre dos personas, ya sea parental como de pareja.
Analizando minuciosamente estos aspectos me di cuenta de la imposibilidad de responder a dicho acertijo, no por falta de experimentación y de estadística, sino más bien, por contradicción del pensamiento. Es decir, y vayamos poniéndonos claros, que está la «espesividad» ya suficientemente presente en nuestro orden del día político, existe una masa tan extensa de diferentes modos de pensar y sentir como respuestas hay sobre el humano como ser social. Cierto es, y de eso no cabe duda, que algunas reacciones a estímulos puntuales siguen un cierto patrón en, prácticamente todos, los individuos, independientemente de etnias, épocas históricas o creencias, del mismo modo, se ven alteraciones semejantes en individuos que se encuentran en contextos parecidos, aún no estando, en la misma zona o momento. Pero, ¿se atrevería a afirmar el lector que es esto una verdad matemática, algo que es incapaz de suceder de distinto modo?


Tiendo a pensar, y eso es algo que viene en mi desde hace un tiempo largo, que las pasiones, contrariamente de lo que pensaba Platón, sí son el arma letal del pensar humano y que la razón, sintiéndolo mucho, es prisionera, cómo también lo es el cuerpo, de semejantes pasiones. No quiero decir con ello que la razón no tenga ni voz ni voto en este duelo, de titanes hay que decirlo, ya que muchas de las veces será ella quién guiará nuestros impulsos. De allí los deberes que tan familiarmente se encuentran en nosotros y que, como todos sabemos, no son la mayor devoción de nuestras pasiones, precisamente.
Aristóteles lo entendió muy bien y aún no se lo hemos perdonado. Las grandes sabidurías (también lo fue Platón, y Marx y Kant, por supuesto, entre tantos otros, y no tantos, hay que advertirlo, ya que también se tiende a la generalización intelectual, cuando muchas veces es, simplemente, intelectualidad fortuita) se suspenden en el rechazo de una gran diversidad de envidias satíricas. El genio humano no tiene cabida en un rebaño de ovejas, y así es como se lo hacemos saber constantemente. No es para nada casual la supresión actual de la Filosofía en la Educación de España, por ejemplo.
¡Hay Señor, si los sabios, y después los filósofos, pudieran manifestarse! ¡No habría palabras para tantas tesis ni Repúblicas que escribir! El intelecto yacería, ya desde gran tiempo atrás, completamente calvo y  las antiguas cabelleras pobladas tendrían su propio círculo en el infierno de Dante…
El pesimismo humano invade mis pensamientos casi sin yo darle permiso, no por no creer en la bondad misma sino por no ser capaz de defenderla a grande escala, ya solo en pequeños ámbitos olvidados que a nadie parecen importar.  Y aún así, casi agonizantemente, en el punto muerto entre la desesperanza y la resignación, una luz se abre paso entre tanta niebla, y no alcanzo a vislumbrar que es, ni siquiera sé si es luz, y no oscuridad, lo que ven mis ojos, tampoco sé si son mis ojos los que ven o mi gran ansiedad de querer ver aun a costa de la vista. Pero, al parecer, algo se haya allí a lo lejos como una luciérnaga herida, tendiéndome el único tesoro, que aún queda en la caja de Pandora, la, tan hablada,


              Esperanza.  





Margalida Garí Font

viernes, 3 de enero de 2014

Dos caras y una moneda

Está historia, que no es historia pero está escrita, destaca por la ausencia de popularidad. Hubo quién afirmó que la fama es un arma de doble filo, que cuando uno alcanza a los dioses hay que seguir hablando con los mortales porque nunca se sabe con certeza que día soplará el viento y nos caeremos estrella tras estrella. Hubo batallas más crueles que las que aquí podrían desencadenarse, si es que las guerras son cuestión de cadenas y no de libertades, pero no las hubo menos importantes. Los océanos ya no sueñan en abrir senderos para que Moisés cruce los mares, Moisés ya se negó a cruzar mares años atrás, cuando decidimos que lo rentable se definía en dos palabras: acciones y beneficios. Que es lo mismo que decir Marx aplastado al estilo escocés, un capitalismo nada social.
Pero yo iba (pasado convertido en presente eterno) a contar, mejor decir a  explicar, porque lo que se cuenta son cuentos y los cuentos tienden a la superstición (no confundir con irrealidad, de eso entienden bien muchos de esos dioses griegos), una historia, aunque, y solo es sospecha, sería apropiado no hacer saber al lector (usted) el inicio de semejante trama, como esas estrategias que Hollywood explotó tantas veces (aún lo hace, le he visto) en las que uno no se percataba de qué iba la película hasta el final de ésta pero el principio era igualmente importante, del mismo modo, y estratégicamente para ganarme su interés (si no lo tiene ahora, le recomiendo que deje de leer, ya no puedo hacer nada para despertarle la curiosidad y usted tiene mejores asuntos que atender. De eso estoy segura, uno siempre tiene “mejores” asuntos que atender ante la mayoría de situaciones cuotidianas) le confieso, que la historia ya ha empezado.
El Gran Imperio Romano es uno de esos ejemplos en dónde uno colecciona cielos y regala mortales. Cinco siglos (quién dijo breve) les duró la gloria, que es cómo ellos le llamaron a ese gran acontecimiento, quinientos años de ser dioses. Bastó un día para devolverles la eternidad a los cielos y aceptar los años, y con los años la vida y con la vida, indudablemente, la muerte. Aún hoy pagamos la deuda de esa hazaña, creo, y eso es discutible pero no descabellado, que ésa sí es una deuda eterna. Cómo la mayoría de deudas que cargamos desde que aprendimos a quemar arboles y hojas, y con el “avance” también quemamos humanidad hasta el punto que ahora ya no nos quedan ni arboles ni hojas ni humanos propiamente dicho, ahora tenemos a Marx aplastado al estilo escocés y a Platón disfrazado de Bella durmiente para que no haya príncipe que se atreva, que tenga la desfachatez, de besarle.
Os aseguro, también se lo aseguro a usted si decidió quedarse leyendo, que hubo tiempos más afines a los ideales de muchos filósofos antiguos (los modernos no existen, Marx les aplastó con él), también hubo tiempos más afines a muchas filosofías, y con eso quiero decir, porque hoy en día me temo que eso no es un punto claro en la educación que se nos enseña (mal, por cierto), que los tiempos afines eran para las ciencias (todas), las matemáticas, las letras, la música (mucho más importante que Marx, aunque les duela a muchos esta afirmación), la aritmética y la gimnasia: «Cuerpo sano, mente sana». Pero resulta que de esos mares solo conservamos cenizas (y muchas deudas eternas), y que, curiosamente, lo aceptamos sin querer enriquecernos el pensamiento, el espíritu, cómo decían ellos. Evidentemente, ¿para qué?, si ahora lo único que interesa, y es un gran interés, os lo confirmo, es que los bolsillos estén completamente llenos de Marx y cerrados de Sócrates. ¡Aquí no pasa ni Dios! Perdón, eso ha sido una mala praxis de mi parte y una afirmación satírica completamente inapropiada, porque señores, Dios sí pasa, eso siempre, ya sea en forma de rey, de religión, de poder, o de Banco Europeo, el Dios del que se habla adquiere diferentes formas y contenidos, y uno, al final, se olvida de si Dios es un Dios cristiano, musulmán o hindú, o, si por el contrario, es un verdadero hijo de puta, y perdonen el vocablo pero no había una expresión más precisa, por muchos prejuicios que ésta me cause. Aunque, si tengo que serles sincera, y de eso se trata éste cuento, no es Dios quien es un tirano de cuidado, somos sus creadores, es decir, nosotros. Y eso también me lo enseñó la deuda eterna, el humano es eternamente tiránico. Hay verdades que es mejor ignorar, pero no por ello dejan de ser verdades.


Después de muchas decepciones, una empieza a pensar que ya no hay paraíso que nos salve, y que el infierno está en la tierra sin que exista el cielo. Pero el corazón es traicionero y se niega a jugar a éste juego de pesimismos existenciales inducidos por diferentes causas y muchas consecuencias. Y aún cuando el pensamiento se acomoda en el sofá de la amargura humana, el alcohol barato y los vicios nicotínicos, escondiéndose en el sexo enfermizo (no se confundan, el sexo no es enfermizo, si así lo fuera yo soy la primera que me diagnostico  enfermedad crónica, pero hay sexo y sexo, y esta cita no necesita de aclaración porque en este campo, todos nos entendemos), me sorprendo el corazón declarándole la guerra. Porque no puede ser así, no puede ser solamente de este modo. Yo lo he sentido, y usted también, hemos sentido que, a veces, escasas veces pero no ninguna, hay algo más, algo que no podemos controlar, cómo cuando un soldado está a punto de morir y su amigo (que acaba de conocer) regresa a su lado y se lo lleva arrastrando hasta un lugar seguro, aún cuando él también muera, o cómo cuando hay un tsunami y miles de personas pierden su casa, su familia, sus pertenencias y hasta su ilusión y ven cómo otros miles de personas viajan hasta ése lugar para proporcionarles comida, agua, o simplemente un abrazo. O también cuando tienes una cita con esa chica o ese chico (hombre o mujer, niño o niña) que tanto te gusta y tu mejor amiga te deja su mejor vestido, el mismo que aún no ha usado, no para que estés bonita o bonito sino para que te sientas de tal modo. O cuando entras en un aeropuerto y te invade ese sentimiento recorriendo tu garganta de miedo, añoranza y tristeza, y tu hermana o hermano empieza a abrazarte y a llorar porque eres importante en su vida y, aunque se alegra, ya te echa de menos, o cuando tus abuelos te cuentan sus aventuras de jóvenes, porque no hay que olvidar que no siempre fueron abuelos, y tú te quedas horas y horas escuchándoles e imaginándoles.
¿Qué sucede con todo ello? Muy simple, y de eso es de lo que, en verdad, trata esta historia, la moneda de Marx tiene dos caras, una en forma de cabeza que para nosotros representará la humanidad en su modo más puro (independientemente que sea un rey, un pavo o la Duquesa de Alba), y otra que es la “cruz” que vendría a ser el mal, el deterioro de esa humanidad. No es una balanza, no hay que buscar el equilibrio para mantenerla recta i poder ver ambos lados del metal, porque entonces solo conseguiremos añadir más deudas eternas en nuestro largo historial. Hay que encontrar el momento preciso en que el pensamiento esté descuidado y que el corazón elija que parte de la moneda decide dejar visible y sólo cuando todos los corazones se pongan de acuerdo podremos sentir que estamos en el camino del mal (no del mal satánico, eso es del mundo de los dioses, sino del mal humano. Simplemente humano) o el camino de la humanidad, es una decisión personal, utópica quizás, aunque no la considero de ese modo teniendo en cuenta que la elección global puede ser, con el mismo nivel de probabilidades, ver la cruz de la moneda.

                Ésa es la historia que iba pensando cuando me di cuenta de qué aún no ha sido explicada, entonces ni yo he escrito ni usted ha leído. Curiosamente.  

                                                                                                                                        Margalida