domingo, 27 de mayo de 2018

Tener o no


Ella tiene un corazón que la traiciona, un cuarto de carrera de letras, idas y venidas científicas y un desapego por las ciudades, a veces, incomprensible.

Ella tiene una admirable colección de pendientes de colores y libros en cualquier letra, pesadillas con brujas y pulseras de purpurina.

Un vestido de todos los colores y un color para el resto de los vestidos, tinta negra en su piel morena y va diciendo por allí que son las marcas del AMOR.

Y el AMOR del que ella habla no se borra fácilmente ni de la piel ni del alma.

Ella tiene un destino que es pasado, un pasado no acabado y una Enciclopedia de Filosofía Oriental.

Ella tiene una familia en forma de Primer Pilar, un segundo plato llamado Amistades y el postre que de vez en cuando empieza por Poesía.

Los días que pide café decide que es para quererse un poco más, así que le dice a la camarera un café corto de gente.

Ella tiene lágrimas, besos y rabia.

Un buzón lleno de cartas, dos o tres semáforos en ámbar, motivos para agarrarse a un clavo ardiendo y aviones que nunca despegan a alguna parte.

Ella tiene, de eso no cabe duda.

Sin embargo, ¿qué posee?



Margalida Garí Font

jueves, 24 de mayo de 2018

A pesar de...


A pesar de haber sido…

Una de esas mujeres que en su día se leyó una Biblioteca entera en trayectos de tren y disfrutó en forma de vidas paralelas dibujadas en cada ventana de su vagón.

Una mujer que hirió a más de un corazón, pero tampoco ella quedó impune.

A pesar de haber sido una mujer labios rojos y vestidos cortos, una mujer tarde de amigas y varones de vaivén.

Una de esa clase de mujeres que hacían la maleta por amor. Sin miedo, sin adiós y sin ton ni son. A la que le decían te quiero y contestaba yo también.

Que cortos fueron esos viajes en tren.

A pesar de haber sido una mujer de pero después no, de uñas rojas, pero después negras, de “quédate” pero mañana, de “no me ates” pero “cógeme”.

Una mujer de aviones a cualquier isla, de vinos a cualquier hora, de besos en todas partes, de contigos pero sin mí.

A pesar de haber sido una mujer detrás de una barra a modo de wiski y sonrisa Trident que guardaba en su bolso de dama el libro de Rayuela durante toda la noche para no quedarse sin palabras entre tantos poetas.

Una mujer que hizo perder el equilibrio al equilibrio de su vida porque nunca le gustaron los caminos cortos.

Una de esas que no dejaba de escuchar música en un período superior a veinticuatro horas por miedo a perderse un sonido esencial.  

A pesar de haber sido una mujer infiel a todos los amores de su vida y decidir que en las letras reside cualquier alma por mucho que no siempre escribamos su nombre.

Una de esas mujeres que también estaba segura de que sus abuelos, familia próxima, familia no tan próxima, amigas y amigos, realmente eran inmortales. Porque… ¿Por qué iban a irse? Y, sin embargo, se fueron y se llevaron tres cuartos de corazón de esa mujer con ellos.

A pesar de haber sido una mujer de sueños rotos, de proyectos cojos, de vueltas al mundo en 365 orgasmos.

A pesar de…ser esa mujer.





Margalida Garí Font

jueves, 10 de mayo de 2018

Marga y su caos.


Miedo
Paz
            Rebeldía
Volver
Irse
            Sueños
Sacrificios
Amor
            Estar de paso
            Quedarse
Callar (NO)
Prender(se)
            Morir
Añorar 
Casa
            Hogar
Familia
Mundo 
            Derechos
(Humanos)
            Poesía
Filosofía
            Cuidar
            Cuidarse
Amar
            Perder(se)
Letras
Mar
            Tierra
Montaña
            Voz
Regresar
Vuelta a empezar

Dibujo: Patricia G.


Margalida Garí Font

miércoles, 25 de abril de 2018

Ellas, todas.

Ella a veces tenía miedo y eso hacía que siempre caminara en forma de pasos pequeños, pie tras pie, para no perderse en equilibrios entre la gran multitud de Barcelona.
Pero claro, el suyo era un miedo justificado, como el de tantos corazones con nombre de mujer:
Corazón mujer maltratada (en cualquiera de sus formas y letras).
Corazón mujer violada.
Corazón mujer callada.
Corazón mujer vendida por menos de nada y por más que todo.  
Corazón mujer sin rostro, sin nombre, sin vida.
Corazón mujer madre, hija, nieta, abuela.
Corazón mujer loca (de remate).
Corazón mujer mutilada, sin identidad femenina.
Corazón mujer comprada a precio de mercado.
Corazón mujer niña (pero sin infancia).
Corazón y mujer.
Infinita.
El mal de ella era inevitable, dentro de todo su confort, seguía teniendo miedo.
Jamás temió por su vida, aunque en más de una ocasión sintió la respiración entrecortada de un arma letal en su nuca. Tampoco temió por la vida de los suyos, a pesar de haber tenido que aprender que los suyos también morían antes de tiempo y eso que el tiempo no tenía un pronto o un tarde, tenía tiempo en suspensivos y puntos y aparte.
Ella tenía miedo de no poder escribirlas a todas.
No poder darles voz.
Nombre.
Dignidad.
Humanidad (la que no calla).
Ella quería escribir a todas las mujeres que otras muchas personas borraron.
A todas ellas, una a una, verso a verso.
Para que la historia no hiciera lo que siempre hacía la historia, contarnos la vida en hombres.
Quería devolverles sus letras. Todas.
Sin que derramaran más sangre de la que ya habían derramado.
Sin dolor.
Sin pena, pero con todas sus huellas.
Dedo a dedo.
Tinta a tinta.
Escribiendo sus nombres completos para que el mundo pudiera llamarlas sílaba tras sílaba sin olvidarse de sus prefijos.
Eran tantas, tan eternas…que ella tenía miedo (mucho) de ser incapaz de escribirlas a todas en éstas pocas palabras.
Y, al fin comprendió, que todas las mujeres ya estaban escritas, parte de ellas en los textos de ella, pero la mayor parte de las mujeres se escribían en mayúsculas en todos los corazones de quienes las quisimos, aunque no las conociéramos.
Tatuadas en forma de latido.
Y volvíamos a ellas, siempre volvíamos.
Porque cuando manteníamos la mirada a una mujer estábamos atravesando siglos de abismos. Estábamos devolviéndoles la voz a todas las demás.
Y ya nunca se callaban. Porque ellas no callaban, las callaban.
Ella lo entendió, por fin.
Cuando manteníamos la mirada a una mujer le devolvíamos la voz al resto.
Para que hablaran, para que gritaran, para que pasaran y para que, nunca, jamás, se hiciera el silencio.



Margalida Garí Font,

A Tamara, porque en sus ojos hay mujeres llenas de océanos. 

lunes, 26 de marzo de 2018

Temblar


Me acostumbré a vivir sin prisas pero deprisa, a soñar despierta y a vivir en sueños.

Pasé un tiempo en deshora y saltaron relojes de alegría.

Sentí, vaya si sentí, que amar era un mal negocio para cualquier pecho y amé sin tinta a todos mis versos.

Fui caricia dentro de tus llamas de fuego pero me ardieron todos los besos en formato “hasta luego”.

Aprendí que no hay malos libros, hay libros muy malos. Que no hay malas personas, hay personas con mal. Que no hay malos amores, hay amores mal amados.

Silencié demasiadas letras por miedo a herir y entonces herí más.

Hice un trato sin letra pequeña entre mi querer y tus para siempres pero me olvidé de firmar con todos mis nombres en el pie de página de tu sonrisa.

No perdí mis ansias de personas y eso me hizo ganar algunas estrellas fugaces.

Después se apagaron.

Y se volvieron a encender (pero en forma de recuerdos).

Alargué mi mano para poder alcanzar a todos tus miedos pero cogiste todo mi brazo y me pasaste los miedos a mí.

Y aquí los tengo, entre mis latidos y tus huidas porque saben que en nuestras palabras se esconden todos nuestros mares.

Pero aquí están…todos los miedos que nos impiden volver(nos) amar.  


M.
Email: mgf704@gmail.com 

jueves, 15 de marzo de 2018

El espejo de las letras.

Yo, que me sumerjo en el último baño del Corte Inglés para desafiar las leyes bactericidas y salgo con la convicción de haberme librado de una nueva colonización en masa de bichos caminando hacia mi conducto urinario.
Yo, que aún no me explico como la Generación del 68 y su Romanticismo no se cansaran de perfeccionarse.
A mí, que no me satisfacen las palabras que escriben mis dedos y me asombro con la facilidad que se mide la métrica hoy, tan dependiente del número de seguidores en redes sociales y tan poco ligada a la calidad de escritura.
En la vida había visto tantos creadores de libros como ahora y sin necesidad de haber leído alguno antes.
¿Que quereis que os diga?
Me resulta, por lo menos, extraño.
Yo, que me desgarro por dentro cuando veo la poca humanidad que existe en el planeta. Empezando por Guerra y terminando por Pobreza.
¡Una sociedad avanzada!
Avanzada de hipocresía intelectual.
Yo, que defiendo al amor más allá de sus descosidos y amo a las heridas por encima de todas sus costuras.
Y me tapo los oídos cada vez que en la música de este siglo alude a la violencia y a la degradación de la mujer por debajo de la línea que separa sus pezones de su cerebro.
Me deja perpleja la simpleza que tienen algunas damas para dejar sus neuronas bajo cero bailando sin tapujos las mismas letras que les mata toda su sabiduría (que es infinita, de eso que no quepa duda).
Yo, que me pierdo en una librería porque soy incapaz de priorizar a un libro y acabo por irme sin ninguno en un pacto de Honoris Causa entre las palabras y mis conocimientos insuficientes de poesía.
Yo, que defiendo la libertad, la dignidad y el hecho irrefutable de que aún me debes un beso en forma de caja del tiempo por encima del querernos toda una vida.
Y me muero de miedo por si me voy de este mundo sin haber dicho suficientes te quieros a tus sábanas.
Y odio a los políticos y a sus discursos por hacer un uso indebido de la retórica haciéndonos creer que harán una décima parte de lo que nos prometen mientras van robándonos nuestros ahorros y nuestros sueños como si de una broma de mal gusto se tratara.
Yo, que considero que hay más talento en la sonrisa de la gente humilde que en todas las bolsas de economía divagando por Europa y, aun así, no pierdo la esperanza de igualarnos en equidad financiera.
Me sobrecojo cuando veo a miles de personas dejar su vida bajo un océano que les mintió en forma de patera. Madres aventurando a sus hijos a un infierno de mares con peces llenos de espinas y nombres de falsos Derechos Humanos que reposan sus copiosas cenas en butacas de la mismísima OMS.
¿Que quereis que os diga?
Me asombra la codicia humana a pesar de creer que las palabras sí pueden salvarnos.
Yo, que estudié dos años de Filosofía hasta que rompí nuestra preciosa historia de amor cuando comprendí que en nuestro país hay letras que no alimentan por mucho que gritemos que es en el amor por el saber que está la esencia de nuestro existir.
Yo, que estudiaba anatomía sin ningún éxito porque en el memorizar jamás encontré el sentido del vivir y, aun así, tuve que vomitar muchos libros en los exámenes de enfermería en una dicotomía a muerte entre mi querer ser alguien de provecho y mi corazón a pedazos por amar a Kant por encima de la circulación hepática.
Y encontrar la paz en la empatía de mi profesión, en el acompañar con el amor a aquellos que viajan camino de su luz (aunque se vayan con la luz ya puesta en el alma).
Perdiéndome entre miles de libros en mis ratos libres porque el primer amor es para siempre y en mi corazón hay dos ventrículos para las letras. Que en el leer está el latir, aunque los médicos y medicas lo asocien a procesos químicos y mecánicos porque se olvidaron de empezar por la poesía.
Yo, que a pesar de todos los males e injusticias de este mundo, me niego a no creer en la bondad de las personas y defiendo a muerte el poder de las entrañas.
Yo, que odié a la palabra Cáncer hasta quererla para siempre porque, aunque se llevó medio corazón arrancándomelo del pecho, me dejó la más preciosa historia de amor llamada Madrina.
Yo, con mis defectos, mi falta de sociabilidad, mi priorizar a las montañas y a la naturaleza por encima de las tardes de café y las noches de amnesia alcohólica. El destierro de tantas amistades por no entenderme (ni yo a ell@s).
Infinita madurez.
Hágase su voluntad, literatura, pero quédese esta noche por si mañana no puedo escribirle otra carta de amor.
Quédese esta noche, que necesito dar descanso a la razón en un duelo pecho a pecho entre su silencio y mis aullidos de desolación.
Quédese...
Por favor.




Margalida Garí Font

martes, 13 de marzo de 2018

Tienes en los ojos girasoles



Vayamos a jugar a un juego de esos en que los niños y niñas siempre ganan y las brujas y brujos se quedan sin hechizos. 

Uno de esos que cuando abres la cajita de juguetes se vierte el amor por sus esquinas.

Vayamos a jugar al juego de que en el mar aún se Busca a Nemo porque Nemo sacó piernas y todas sus fuerzas para irse a vivir dentro de todos los corazones de Almería.

Sucede que, sin querer, Nemo se quedó en todos los corazones del planeta y ahora no quiere volver al mar porque está descansando en un nido envuelto con sábanas de amor.

Vayamos a jugar a un juego en que todos los niños y niñas anónim@s que tienen su cajita de juguetes en África, la India, Sahara, Perú, Palestina, Grecia e infinito puedan tener, cada año, una preciosa cajita de juguetes nueva, llena de mil razones para volver a jugar.

Un juego de esos en que ningún niño o niña tenga que guardar bajo llave su cajita de juguetes para disparar un Krieghoff cargado con el odio más ruin de los brujos y las brujas.

Uno de esos en los que los brujos y brujas decidan no hacer guerras sino paz(es), y conviertan sus oscuras brujerías en lluvias de estrellas vestidas con magias.  

Magia llena de estrellas que iluminen a todas las cajitas de juguetes del planeta por si algún niño o niña anda despistado Buscando a Nemo.

Que Nemo dice que él, en los corazones, se encuentra muy bien y que, por favor, le vayamos pasando su cajita de juguetes para que no tenga que domesticar a su sonrisa.  

Y como en éste juego no hay cabida para ningún niño o niña con la sonrisa domesticada, por favor, la cajita de juguetes de nuestro pescadito. Gracias.






Margalida Garí Font.
Devolvámosles la voz. 
Canción: Girasoles-Rozalén.

miércoles, 7 de marzo de 2018

M U J E R E S



Tú,

que sueñas con tatuar de tinta literaria humildes librerías pintorescas.

Tú,

que cambias el color del rímel para no dejar de ver jamás la Primavera.

Tú,

que te sigues mintiendo cuando dices que el Amor está sobrevalorado.

Tú,

que no distingues la verdad más allá de dos poemas.

Tú,

que pasas noches infinitas en formato de ojeras para ver dormir a tus hijos.

Tú,

que llegas tarde a fin de mes y, sin embargo, pierdes el taxi.

Tú,

y ese precioso vestido de gala que lleva tu sonrisa.

Tú,

descontando las horas al reloj para saldar las deudas con el tiempo.

Tú,

viajando a besos, amando a besos y viviendo a besos.

Tú,

y tu celulitis de mariposa cosiendo las cicatrices de tu piel.

Tú,

y tus arrugas más profundas demostrándonos que en la vida una va pisando fuerte.

Tú,

con o sin tacones, con o sin sostén de damisela, con o sin las manchas de un ayer.

Tú,

que en vez de presumir de perfume decides envolverte el cuerpo de flores y ahora tienes por nombre a la estación del amor.

Tú,

que no te atreves a ir en tren por si te pierdes el último tango de tus pasos.

Tú,

que olvidas constantemente llevar pendientes pero en tus ojos una podría guardarse el mar.

Tú,

que sigues asegurando odiar las despedidas en cualquiera de sus formatos y decides nunca irte aunque te vayas.

Tú,

diciendo que tu mejor joya es la de ser mujer y enmudecer a todos los silencios por Real Decreto y Derecho de Ley.

Tú,

que es imposible dejar que las palabras te (d)escriban porque no hay literatura capaz de adornar lo que, ya de por sí, reluce.

Tú,

incapaz de ser la marca de ropa que usas sigues siendo fiel a los lunares de tu piel.

Tú,

habiendo sido callada a golpes y violada a gritos, porque es la única forma que tienen algunos imbéciles de escribir un pésimo poema, sigues siendo preciosa poesía.

Tú,

que no eres tan solo un día ocho de marzo porque enamoraste a todos los días de todos los años y sigues diciendo que tu único amor se llama “yo misma”.

Tú,

que has coleccionado a tantas heridas que ahora ya solo quieres devolverles la voz y hacer que jamás se callen.

Tú,

que sigues mirándote al espejo sin saber qué pintalabios le favorece más a tus labios y olvidas que el mejor vestido de tu boca es todo lo que aún tienes por decir.

Foto: Mama y Madrina, mis dos mujeres por excelencia


Margalida Garí Font

miércoles, 28 de febrero de 2018

El silencio de una lágrima enfermera


Aprendí que a las palabras no hay que forzarlas, hay que escribirlas. Narrar implica tiempo.

            Tiempo para dejar que fluyan, para reordenar los verbos, eliminar los gritos, poner en negrita todos los derechos de página y hacer callar viejos imperativos.

            Escribir desde el respeto pero sin dejar leer olvido.

            Enfermera, que bonita palabra eres.

            Y que poco valorada estás.

            Hace unos días que intento darle letras a este escrito, pero como profesional y, sobre todo, como persona, a veces me cuesta perdonar.

Soy incapaz de perdonar a la osadía, a la injusticia y a la arrogancia. Encontrar palabras bellas para enmudecer a las malas lenguas.

A veces, perdonar no tiene fonética y hay que volver a empezar, ser profesional y sumar lo que otros siempre restan.

Pero hoy soy todas y cada una de las lágrimas enfermeras que un ayer callaron y ahora quieren hablar.  

Hablemos.

Me lo he planteado infinitas veces y aun no lo entiendo. Parece fácil y, sin embargo, se vuelve laberinto por la noche.

Tenemos la profesión más bonita del mundo, cuidamos de personas. Es nuestro defecto de fábrica y, ¡qué preciosa tara!

Entonces, ¿por qué?

Trabajamos en equipos multidisciplinares, muchos de ellos nos abren en canal de una forma tan precisa y minuciosa que Einstein se quitaría el sombrero.

En un quirófano se ven perfecciones equivalentes a la raíz cuadrada más exquisita.

En urgencias se pasa de la vida a la muerte en forma de suspiro y, a veces, hasta volvemos a respirar.

En los Centros de Salud se ha llegado a un grado de excelencia tal que permite prevenir el más cruel de los infartos.

Ayudamos a dar vida a bebés que solo tienen siete meses pero queremos que lleguen a los cien años.

 La psiquiatría ya no es sinónimo de satanás y las personas nunca dejan de ser personas a pesar de las múltiples etiquetas que aún perduran.

Paliativos nos ha enseñado que a la muerte no hay que temerla, hay que decirle “vete” algunas veces y, “aquí te espero”, en otras.

Siempre con amor.

Morir con amor es un vivir para siempre.

Sin embargo, sigo sin entenderlo.

Trabajamos con personas, reímos con personas, lloramos con personas, nos enfadamos con personas, jugamos con personas, soñamos con personas, nos empapamos de personas.

¿Por qué sigue habiendo tantos enfermeros y enfermeras, médicos y médicas, psicólogos y psicólogas…qué se olvidaron de la palabra empatía?

Nuestra profesión lleva la vida implícita.

Cuando alguien abre en canal, abre a una PERSONA.

Lo siento cirujanos y cirujanas, traumatólogos y traumatólogas, neurólogos y neurólogas, no es una mesa de carpintero.

Cuando alguien inyecta un fármaco, realiza una cura, una técnica invasiva, una explicación del por qué fumar mata, lo hace dirigiéndose a PERSONAS.

Lo siento enfermeros y enfermeras, no son almohadas para soñar.  

Antes, hace tiempo (demasiado), pensaba que las palabras empatía, humildad, humanidad estaban implícitas en todas las profesiones que trabajan con personas, pero al largo de mi carrera y de mi vida laboral me he dado cuenta de lo lejos que están esas palabras de algunas bocas.

Es triste, tan triste como que aun hoy la gente muera de hambre.

Pero claro, después analizo bien la situación y pienso, cómo se va a acabar la pobreza si ni siquiera se opera a una barriga con amor. Y, en el caso de que sí se opere con amor cuando la PERSONA despierta ese amor ya ha expirado.

El silencio de una lágrima enfermera son todos esos abrazos que deberían recibir las PERSONAS que trabajan con PERSONAS, para recordarles la lección número uno de nuestra profesión: que jamás se nos apague la llama.

Porque el día que dejemos de emocionarnos deberemos plantearnos dedicarnos a otra profesión porque en ÉSTA, la emoción es el primer y el último capítulo.

 Ya que quizás, algún día seremos nosotros quienes estemos sobre una mesa quirúrgica y ya me contareis que hace más falta, si la sutura más disimulada del año o el amor más perdido del mes.










Margalida Garí Font



CUIDAR también es CURAR.

martes, 6 de febrero de 2018

E l l a

Ella, haciendo de su fragilidad coraza,
cambiando de rumbo para desvestir al miedo.  
Ella,
que aún conserva dos diamantes grises a modo de ojos
y no sabe que en su mirada, la luna, también se prende.

Ella, tan valiente y tan bella.
Y aunque pudo haber sido cobarde,
a su espalda dejó todas las dudas y borró sus devoluciones.

Ella, que a pesar de mi chantajear al tiempo
no pude evitar que éste la hiciera mujer.
Pero, ¡qué mujer!

Ella, poseyendo en el pecho un corazón lleno de abismos,
tan profundo que en él caben todos los sueños,
tan ancho que en él guardamos todos nuestros besos.
Para que no se nos pierdan,
para que no se nos pierda.

Ella, deshuesando a la vida todas sus sonrisas,
una a una,
frente a frente.

Así, en formato corazón y letra para siempre.
Doble espacio,
dos y medio de márgenes.
Sin cursivas.

De todos los poemas, el de Ella,
hace de la poesía, piel.
Y de la piel, acordes.

Éste poema es su preciosa canción. 




MGF.
Un poema val més que mil paraules.